emisferica 3.1
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Cuerpos excepcionales: performance y ley

BIO

Jill Lane es Profesora Asistente de Teatro y Estudios Americanos en Yale University, donde dicta cursos sobre performance en las Américas en relación a las historias del colonialismo, el neocolonialismo y la globalización. Su libro, Blackface Cuba, 1840-1898 (University of Pennsylvania Press, 2005) examina los espectáculos de imitación racial, el deseo nacional y el sentimiento anticolonial en Cuba. Actualmente está editando una antología sobre performance latinoamericana (Routledge). Junto con Peggy Phelan, co-editó el libro The Ends of Performance (New York University Press, 1998).

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“No existen, primero, la vida como dato biológico natural y la anomia como estado de naturaleza y, después, su implicación en el derecho a través del estado de excepción. Al contrario, la posibilidad misma de distinguir vida y derecho […] coincide con su articulación en la máquina biopolítica”.


—Giorgio Agamben, Estado de excepción1

En su breve historia sobre la soberanía moderna, los antropólogos políticos Thomas Blom Hansen y Finn Stepputat presentan dos excelentes observaciones sobre la relación entre performance y ley. Su antología, Cuerpos soberanos, cuestiona las previas suposiciones de que la soberanía reside “en” estados o instituciones impulsadas por los estados. Los autores plantean que, por el contrario, la soberanía es un efecto—y la aspiración principal—de la formación del estado. “El poder soberano”, escriben, “ya sea ejercitado por el estado, en nombre de la nación, por un poder despótico o por un tribunal de la comunidad, es siempre un proyecto provisional e inestable cuya eficacia y legitimidad dependen de performances repetidas de la violencia y de una ‘voluntad de gobernar’”.2 Como plantea Judith Butler en su análisis sobre el género, la soberanía del estado es un realizativo (“a performative”), una categoría ontológicamente vacía que sólo adquiere coherencia a través de su ejecución repetida en la performance. Trazando una genealogía de la filosofía política que concluye con los innovadores textos de Giorgio Agamben, Hansen y Stepputat observan que, mientras que la soberanía moderna usa a menudo el discurso de la ley para organizar y constituir “al pueblo” como súbdito de sus normas, la performance clave que le otorga “verdad” ontológica a la soberanía del estado es la violencia, o la amenaza de la violencia, que el estado impone sobre cuerpos humanos, típicamente aquellos cuyo sufrimiento—y a veces muerte—articula las fronteras jurídicas, sociales o políticas del propio estado. Agamben denomina este tipo de violencia como la “excepción” soberana—la suspensión de la ley a fin de salvaguardar la ley—y denomina a esos cuerpos como “nuda vida”, aquellos cuya exclusión constituye la comunidad política.

La performance elemental de lo soberano, por lo tanto, es precisamente ésta: la exclusión de algunos seres humanos de su plena humanidad y vida política, consignándolos a la “nuda vida”. (Agamben lo dice de manera sencilla: “la producción del cuerpo biopolítico es la actividad originaria del poder soberano”.3) Por ende, concluyen Hansen y Stepputat, la soberanía moderna no sólo se promulga a través de la performance, sino que también los cuerpos—cuerpos reales, “nuda vida”—son el sitio principal en el que tales performances se ponen en escena. Por esta misma razón, esos cuerpos—normalmente disciplinados y maleables—tienen la capacidad de refutar la performance de la violencia soberana por parte del estado: “el promulgador de la desobediencia civil”, por ejemplo, “que somete voluntariamente su cuerpo para ser golpeado o encarcelado y así hace que el poder del estado se vuelva excesivamente brutal y extrañamente impotente al mismo tiempo”.4

Estas ideas—que la soberanía del estado ejecuta su performance en y a través de los cuerpos, y que los cuerpos pueden a veces resistir esta violencia soberana—se han venido discutiendo recientemente en el área de estudios críticos de performance en las Américas. Para nombrar sólo algunos: Michael Taussig, en The Magic of the State, estudia la circulación del poder a través de cuerpos, sitios y objetos materiales como una forma compleja de posesión espiritual ritual, en la que el estado constituye su autoridad.5 En Disappearing Acts: Spectacles of Gender and Nationalism in Argentina's "Dirty War", Diana Taylor examina la teatralidad del terror del estado, fraguada en la relación entre el discurso público espectacular y los actos privados de tortura y desaparición de cuerpos.6 La teórica de la danza Susan Foster, en su ensayo “Choreographies of Protest”, ve el cuerpo activista como “un agente articulado y expresivo” para analizar conocidos episodios de acción directa y no-violenta en los Estados Unidos. En su análisis, los activistas hacen uso estratégico de las “técnicas corporales” aprendidas, tomando decisiones de movimiento en relación a los contextos incorporados del poder.7

Menciono estas observaciones aquí nuevamente para subrayar su nueva vigencia después del 11 de septiembre del 2001: estos tiempos en que la violencia soberana se hace valer diariamente con nuevas fuerzas en nombre de la “guerra estadounidense contra el terrorismo” a la misma vez que la soberanía de los estados se ve refutada cada vez más por otros regímenes de poder institucional bajo el capital global. Como dice Paul Kahn en su opinión editorial en este número, hoy día “las presiones sobre la imaginación legal vienen de ambas direcciones—los mercados y guerra”. A través de estos cambios, como han sugerido Agamben y otros, se producen nuevas formas de “nuda vida”8, especialmente en el número cada vez más alto de migrantes “indocumentados” que existe físicamente dentro pero jurídicamente fuera de los límites de la ciudadanía en el planeta, particularmente en Europa y los Estados Unidos, así como los prisioneros anónimos que llenan los ya permanentes sitios de “excepción” soberana, como Camp X-Ray y Camp Delta en la base naval de Guantánamo, o las prisiones clandestinas que existen en Asia Occidental y Europa.

Los ensayos y las performances presentes en este número de e-misférica­ muestran que la performance puede contribuir críticamente al territorio cambiante de la ley y la violencia soberanas, así como los cuerpos en los que éstas se manifiestan, particularmente en las Américas.

Varios de los artistas y académicos aquí representados enfocan su trabajo en las dimensiones de los “estados de excepción” relativas al género, explorando las consecuencias que dichos estados de excepción tienen sobre los cuerpos femeninos y la capacidad de estos últimos de generar acciones de respuesta significativas. Centrándose en el régimen de impunidad que rodea los horrendos feminicidios que les han costado la vida a cientos de mujeres en la región fronteriza de Chihuahua, el ensayo de Alicia Schmidt Camacho examina la forma en que las jóvenes mexicanas han sido expulsadas de la esfera de derechos y transformadas literalmente en nuda vida, prescindible para el estado neoliberal. Por su parte, la performancera Coco Fusco apunta hacia las interrogaciones militares estadounidenses como nuevo espacio de encuentro intercultural entre el estado soberano y la nuda vida, y explora el nuevo rol protagónico que se les ha permitido jugar a las mujeres militares en ese contexto. El colectivo feminista boliviano, Mujeres Creando, utiliza las acciones callejeras, particularmente el graffiti, para refutar las desigualdades de género y de raza del estado neoliberal, exigiendo, en sus palabras, “todo el paraíso, no el 30% del infierno neoliberal”.

Puede decirse que la relación entre la ley y la performance determina los debatidos límites de la esfera pública en sí: los cuerpos que se mueven dentro y más allá del alcance de las normas jurídicas marcan los límites de lo que puede hablarse y actuarse en la esfera pública existente. Como escribe Joseph Roach sobre la compleja relación entre el carnaval y la ley, la ley crea “en sus márgenes un espacio para el juego, una zona liminal” en la que la performance cultural incorporada puede “actuar fuera de lo que [es] indecible de otro modo”. Mientras que Roach se centra en el carnaval de Nueva Orleans, sus observaciones podrían generalizarse a una serie de performances que refutan intencionalmente el uso normativo del espacio público y su reglamentación. La performance y la ley, desde este punto de vista, “conspiran juntas para crear un margen contingente de conducta que se queda fácilmente dentro del dominio de la ley, si es necesario, pero que queda provisionalmente fuera de su alcance”.9

Un grupo de artistas y activistas representados en este número se focaliza específicamente en este “margen” liminal—adentro y más allá de la ley—que la performance puede habilitar para la crítica o el juego. Atrapados en el cruce entre contundentes narrativas de seguridad nacional o municipal por un lado, y las presiones implacables del mercado por el otro, estos artistas y activistas se encuentran en una esfera pública en proceso de disolución. Tal como Urbomaquia lo manifiesta desde Córdoba, Argentina—donde realizaron su acción “Hay un mundo solo” interviniendo botes de basura—“No hay en toda la ciudad espacios de manifestación que no estén normatizados, reglados, y/o privatizados: para poder estar hay que pagar o explicar (que a veces es lo mismo)”. Sus acciones de arte público, a través de las que usualmente insertan palabras evocativas en los intersticios del espacio público que todavía existen, como la manija de un tacho de basura, o la alcantarilla debajo de la cornisa de un puente—se ocupan de señalar esta esfera pública en vías de desaparición, así como las formas de diálogo y expresión que desaparecen con ella. El activista de performance Bill Talen, que trabaja en Nueva York bajo el seudónimo de “Reverendo Billy”, lamenta la violencia cotidiana ejercida sobre lo que él llama el “Public Commons” (el “común público”, de la idea de la “Cámara de Comunes”): “el ‘Commons’ ha sido torturado y transformado en cajas, en píxeles, en cotizaciones de acciones, […] los parques se vigilan excesivamente, los jardines comunes están demolidos, y todo que no esté amarrado lo compran las corporaciones transnacionales”. La respuesta de Talen a la privatización de la esfera pública no pasa (o no solamente) por defender el pequeño margen de espacio público que queda, sino que consiste en ingresar al espacio privado en sí y reclamarlo como sitio de un “Commons” revitalizado.

Para Gustavo Buntinx, quien reflexiona sobre el Colectivo Sociedad Civil en Lima, Perú, y para los artistas del Grupo de Arte Callejero (GAC) de Buenos Aires, Argentina, la lucha por la esfera pública se formula en el cuestionamiento de la legitimidad propia de la nación. Buntinx se centra en lo que llama “zonas ultraperiféricas”, en las que se han producido historias de violencia y explotación colonial y neocolonial, “el nacionalismo sin nación de repúblicas sin ciudadanos”. Ambos colectivos artísticos apuntan a crear y ensayar formas de sociedad civil y ciudadanía que sean viables en contraste con la negligencia del estado—ya sea contra el brutal desmantelamiento del estado democrático en la dictadura de hecho de Fujimori o contra el impasible “borramiento” de la memoria pública del genocidio y la violencia colonial en la Argentina contemporánea. Para estos grupos, el arte es el espacio para una nueva forma de compromiso cívico: ambos recurren a la performance para ejecutar demandas contra el estado soberano, para denunciar su corrupción, y para abordar nuevas formas de agencia política.

A su vez, Sarah Kozinn, Mirta Antonelli, y Esteban Rodríguez trabajan sobre la manera en que la performance y la ley—y la performance de la ley en sus diferentes formas—puede conspirar para producir el cuerpo social soberano y normativo en sí. Analizando varios casos legales que fueron clave en los Estados Unidos y que se centraron en la enseñanza y en el habla del inglés “estándar”, Kozinn ilustra la manera en que la ley participa en los procesos de racialización—los procesos en que la raza en sí llega a obtener un sentido ontológico—y, en estos casos, de qué manera la ley permite que los indicadores raciales se transfieran del registro visual de la fisonomía al registro auditivo de la voz. Además, Kozinn explora el innovador teatro de la actriz Anna Deavere Smith, quien es conocida por su exploración de la política racial y del “carácter estadounidense” a través de un peculiar proceso de mímesis auditiva, que se da como una conjugación alternativa de performance, raza, y voz en la esfera pública. Mirta Antonelli, por su parte, quien se enfoca en el sumamente visible “caso Blumberg” en Argentina, examina la producción y protección de un cuerpo social normativo asociado con una clase blanca y privilegiada, cuando movilizaciones aparentemente “populares” y los medios televisivos se unen para exigir más poder para el estado y sus aparatos ideológicos de seguridad. Esteban Rodríguez, también centrado en la cultura legal en Argentina, convoca nuestra atención hacia las “carpetas modus operandi”, o los libros de fotos generados por la policía de Buenos Aires para su uso en la identificación de criminales, exponiendo la manera en que la producción, circulación, y el uso de estas fotografías es precisamente lo que produce la identidad criminal. Dado que la policía sólo necesita un pretexto legal mínimo para detener y tomar fotografías de individuos “sospechosos”, aquellos que están incluidos en estos libros tienden a reflejar el prejuicio racial y social de la policía a la hora de identificar “criminales”. El acto de fotografiar funciona como la actuación realizativa de la criminalidad, que no tiene relación con ningún acto delictivo; una vez incluido en el libro, el sujeto fotografiado se transforma literalmente en sospechoso, disponible para su asociación (generalmente falsa) con cualquier crimen futuro. Entre las imágenes conmemorativas del joven asesinado—Axel Blumberg, joven, blanco, rubio, atractivo—que circulan en carteles públicos, en interminables flashes televisivos y en las estáticas fotografías de los potenciales “sospechosos” archivadas en las oficinas de la policía, encontramos ambos lados del “estado de excepción” de Agamben como modelo de la gobernabilidad contemporánea: al morir, el joven Blumberg ingresa a la vida política como el ciudadano sacrificial cuya pérdida requiere “excepcionales” cambios dentro de la ley; al tiempo que aquellos que han sido identificados como “sospechosos” por su raza o clase social entran, del otro lado de la cámara, a un “bestiario” ominoso en el que su subjetividad política corre el riesgo de disolverse en nuda vida.

En conjunto, estos ensayos muestran que los estudios de performance son especialmente adecuados para abordar las relaciones constitutivas que se dan entre los cuerpos expresivos y las distintas dimensiones de la ley. "Exhibir el derecho en su no-relación con la vida, escribe Agamben, y la vida en su no-relación con el derecho significa abrir un espacio para la acción humana (...)."10 Esperamos que estos ensayos demuestren plenamente la importancia política y el valor de dichas acciones humanas en este tiempo “excepcional” en el que estamos viviendo.

1. Giorgio Agamben, Estado de excepción: Homo sacer I , II, traducción de Flavia Costa e Ivana Costa, entrevista de Flavia Costa, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2ª edición, 2004), pág. 157.

2. Thomas Blom Hansen y Finn Stepputat, “Introduction”, Sovereign Bodies: Citizens, Migrants, and States in the Postcolonial World (Princeton y Oxford: Princeton University Press, 2003) págs. 2–3. (Traducción al español nuestra). Le agradezco a Lisa Brooks por recomendarme este libro.

3. Giorgio Agamben, Homo Sacer: Sovereign Power and Bare Life (Stanford, CA: Stanford University Press, 1998), pág. 6. (Traducción al español nuestra).

4. Hansen y Stepputat, pág. 13.

5. Michael Taussig, The Magic of the State (Londres y Nueva York: Routledge, 1997). (Traducción al español nuestra).

6. Diana Taylor, Disappearing Acts: Spectacles of Gender and Nationalism in Argentina's “Dirty War” (Durham, NC: Duke University Press, 1997). (Traducción al español nuestra).

7. Susan Foster, “Choreographies of Protest”, Theatre Journal 55 (2003): págs. 396–97, 408. (Traducción al español nuestra).

8. Ver Judith Butler, Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence (Londres y Nueva York: Verso, 2004).

9. Joseph Roach, Cities of the Dead: Circum-Atlantic Performance (Nueva York: Columbia University Press, 1996), pág. 252. (Traducción al español nuestra).

10. Agamben, op.cit. pág. 157.

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