“Hay mundo por poco tiempo.”
El domingo 15 mayo del 2005 al mediodía pintamos esta frase con aerosol en los tachos de basura del centro de la ciudad de Córdoba, en la misma semana en que el Consejo Deliberante de la ciudad trató el tema de la renovación de los contratos de las empresas que levantan la basura y de la que se ocupa del mantenimiento del “mobiliario urbano” (tachos de basura, paradas de ómnibus, cartelería)
No pensábamos que la acción de inscribir fuera una parte fundamental de la obra, ni que nuestra presencia o algún intercambio en directo fuera importante. Pero no fue así. Recién aquí vengo a presentarte nuestra conexión directa entre la performance y lo legal. Yendo al punto, nos llevaron presas por pintar los tachitos de basura. Las circunstancias fueron bastante desopilantes por la envergadura mediática que tomó el hecho. Durante una semana entera la ciudad, a través de sus medios radiales, gráficos, y televisivos, debatió sobre la basura, las reglas urbanas, el lugar del arte y si “¡¿eso es arte?!”
No fue la policía quien tuvo la iniciativa de arrestarnos ese apacible domingo al mediodía, sino que fue un vecino molesto por nuestra acción “vandálica”, el que, fuera de sí, llamó a la policía y a la radio casi en un único acto. Salió en directo en un programa muy popular quejándose y diciendo que encima la policía se lo quería llevar preso a él.
Al principio los policías dudaban de los argumentos del señor, pero, amedrentados por la acción mediática, decidieron llevarnos a la comisaría. Más decididos estuvieron cuando el intendente llamó a la radio para felicitar al ciudadano y señalar su repudio a nuestro “vandalismo”. Nos tuvieron 6 horas bajo arresto, nos tomaron las huellas digitales en averiguación de antecedentes, y nos hicieron revisar por un médico siguiendo el procedimiento. No podían definir cuál era el motivo del arresto, nada encuadraba.- ¡ Pero señoras por qué no se quedaron a comer los fideos del mediodía con sus familias! - nos dijo el sumariante.
Al día siguiente el intendente convocó a todos los medios a presenciar una reunión del Consejo Deliberante en la que se le entregó al señor vociferante una plaqueta como “ciudadano destacado”. Cuando alguien le informó al intendente que éramos artistas, éste dijo una frase memorable: “Que los artistas vayan a pintar en sus cuadernitos”.
La gran pregunta desde el principio fue por el permiso; los periodistas, nuestras familias, las autoridades universitarias, esperaban que tuviéramos un permiso habilitador. ¿Por qué pedir permiso? El tema del permiso es una instancia de obra a considerar.
Nunca fuimos ingenuas al respecto, ya que si no se interfiere en el uso que el otro necesita darle y a la vez se señala un sentido más amplio que la función primaria, sólo estamos haciéndonos cargo de la parte de la propiedad pública que nos corresponde de una manera responsable y poética. Pero aquí, sin esperarlo, se puso en cuestión esa noción de “la propiedad” de lo público. El señor decía “¡Ensucian mi basurero!”.
No sacar permiso nos permitió la oportunidad de hacer notar la disputa por el espacio de visibilidad en lo público, en esa permanente tensión entre lo privado y lo común. En la ciudad de Córdoba no quedan espacios de manifestación que no estén normativizados, reglados, y/o privatizados; para poder estar hay que pagar o explicar (que a veces es lo mismo). Y esas reglas se presentan como formas naturalizadas que, en realidad, son determinadas por intereses políticos velados. Este señor tan enojado hablaba en nombre de la cultura. Era el ciudadano modelo, representante de un sentido común funcional al municipio que pretendía poner en valor sus gastos onerosos en limpieza y mobiliario. El aerosol es ahora un arma y los viejos graffittis una señal de barbarie. Todo discurso público en la ciudad pertenece al ámbito de la mercancía y de la política, que al final terminan asimilándose uno al otro.
Cuando las vándalas en cuestión resultaron ser de Urbomaquia, se puso de manifiesto el poder simbólico que aún tiene en lo social la figura del artista. Nuestra aparición fue necesaria para defender el caso judicial, y los medios dieron lugar a un contrapunto entre los dichos del intendente, su forma discursiva, y nuestras expresiones. La obra empezó a construirse en otro espacio y en otra interlocución.
Las personas y sus personalidades se presentaron como sujetos políticos que ponían en escena diferentes modos y lugares de interpretación de lo público, cada uno en su propia clave pasional. Y precisamente el registro de estas claves es algo que alimenta la noción de espectáculo que proponen los medios de comunicación. Todo esto tiende a quitarle profundidad y alcance a los acontecimientos.
Pero, sin embargo, ocurrieron cosas importantes para nosotros.
La austeridad de la obra, la ambigüedad de la frase- “Hay mundo por poco tiempo”-provocaban un extraño vacío, un instante de zozobra que daba la posibilidad de pensar los estatutos del arte contemporáneo fuera de los lugares y los referentes especializados. Fue muy interesante ver el extrañamiento del periodista del noticiero vespertino intentando responderse la pregunta por la “artisticidad” de los tachos escritos. También fue satisfactorio encontrar la diversidad de sentidos que se le atribuyeron a la frase. Hasta nosotras estuvimos obligadas a pensarle otros sentidos distintos a la simple intuición que nos llevó a elegirla.
La gente cercana del medio artístico e intelectual se movilizó en una acción de adhesión y solidaridad. Nos acompañaron cuando debimos presentarnos a las 72 horas del evento, ante el comisario encargado, en la cárcel de Encausados. Luego, frente a la legislatura, se sentaron en fila en plena mañana, marcaron con tizas la huella de sus cuerpos en el piso, e inscribieron un mensaje en un globo que, al retirarse, cada uno dejó atado a un tacho de basura.
Judicialmente nuestra “causa” pasó de la jurisdicción del comisario provincial de turno a la justicia de faltas municipal, con el cargo de haber realizado una campaña o publicidad en la vía pública sin permiso municipal.
En nuestro descargo señalamos las diferencias entre campañas, publicidad, y obras de arte: por ejemplo, que las características y el sentido de la obra es abierto y que por eso favorece el “malentendido”, cosa que la publicidad detesta. Marcamos, entre otros argumentos, el hecho de que el objeto no fue afectado en su función sino señalado y resignificado, y que no pretendimos hacer una campaña para convencer a nadie de nada. A la vez nuestro abogado nos aconsejó desconocer la actuación del comisario en las funciones de juez, considerando ese hecho como inconstitucional porque somete el poder judicial al ejecutivo y no garantiza el resguardo de los derechos del imputado.
Desde el mes de mayo de 2005, cuando ocurrieron los sucesos, estamos esperando que se expidan.
En las obras sucesivas fuimos también señalando muchos de los temas que quedaron como interrogantes en base a estos hechos. Las siguientes interferencias dijeron:
“A quién castigarán hoy en lugar de los culpables” (Agosto de 2005)
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