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Hermann Herlinghaus
University of Pittsburgh
Email: hxh@pitt.edu
Virtuosa e impecable - seductora y melodramática.
Presencia de la Virgen de Guadalupe en la modernidad cultural mexicana
1. Caminos de la discusión
La Virgen de Guadalupe -referida aquí
en los niveles de imagen-ídolo, imaginación colectiva y
ritualidad práctica- es un fenómeno tan característico
como 'anacrónico' de la modernidad de México y, en cierto
sentido, de América Latina. Existe una impresionante variedad de
investigaciones sobre esa santa, la que ha sido mayormente interpretada
-si pasamos por alto la polémica entre creyentes guadalupanos y
'antiaparicionistas'- en criterios de esencias y tradiciones simbólico-culturales
de la nación mexicana. Las palabras de León-Portilla ejemplifican
(en la línea de Paz' El laberinto de la soledad) una lectura predominante:
"Tonantzin Guadalupe ha sido para México tal vez el más
poderoso polo de atracción y fuente de inspiración e identidad."
La 'virgen morena', virgen sin niño (semejante a la 'mujer del
apocalipsis'), es descrita en numerosos estudios como patrona de los desamparados
en los tres siglos de la colonia, acompañante simbólica
de Hidalgo y de Morelos en los combates por la independencia, después
como ícono de las fuerzas revolucionarias de Emiliano Zapata y
luego emblema del levantamiento cristero, y finalmente como imagen de
resistencia socio-cultural de la población chicana en EEUU, oscilando
entre articulaciones políticas (el movimiento de César Chávez)
y artísticas en el muralismo, el video, el performance. Si no cabe
duda del extraordinario peso que cobra esa figura en la imaginación
colectiva y sus representaciones oficiales, más difícil
resulta formular un concepto de imaginación que admita la ambivalencia
y el anacronismo. Un tal concepto se debería aventurar, aún
hoy, en contra de la unidad epistemológica entre imaginación-representación-identidad,
triada platónica que ha influido en la desvinculación de
los conceptos imagen e imaginación de la historicidad de las prácticas
culturales. Las nociones de 'mestizaje' y 'barroco', más propicios
de los ámbitos de estudios latinoamericanistas, han contribuido
a su manera al dilema de esa desvinculación.
Nuestros comentarios sugieren re-enfocar el fenómeno guadalupano
desde el lema "Spectacles of Religiosities". Se orientan hacia
perspectivas que busquen comprender lo 'moderno' del culto en relación
a una 'secularización anacrónica', y así contribuir
a analizar los imaginarios colectivos de la modernidad en sus aspectos
heterogéneos. 'Heterogeneidad' no implica 'mezcla' sino comprensión
no dualista de conflictos y subjetividades. Nuestro interés parte
de la observación de que los 'viajes' culturales y mediáticos
de la Virgen de Guadalupe, en el transcurso de cinco siglos, revelan potenciales
de metamorfósis y transgresividad que no caben en las visiones
holísticas. Si la Guadalupana es vista, en la mayoría de
los estudios, como "madre" santa y protectora, inmaculada y
virtuosa, nos interesa discutir el dispositivo transgresor, el que permite
relacionar los imaginarios y prácticas de veneración con
los tropos de seducción y pasión. Con este fin, indagaremos
brevemente en los orígenes de la narración epifánica
para llegar a discutir, en un segundo paso, la re-escenificación
de la narrativa aparicionista en el cine melodramático de los años
treinta a cincuenta en México.
Según la epifanía guadalupana oficial, la Virgen aparició
cuatro veces ante el indio Juan Diego de Cuautitlán, en la colina
de Tepeyac entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531. Las primeras obras
escritas y publicadas sobre la aparición en el contexto eclesiástico,
datan de la mitad del siglo diecisiete. Esto significa que durante más
de un siglo el culto había existido en tanto imaginación
y prácticas veneradoras sin haber entrado todavía en la
escritura canónica de la iglesia. Lo que había existido
eran pinturas, mapas, cantares populares y diversas prácticas religiosas
y místicas. Estos hechos indican también que los acontecimientos
alrededor del nacimiento del culto, el que se da como un nexo excepcional
entre la política colonial de evangelización y las prácticas
idolátricas de la población indígena, no están
enteramente aclarados. Es posible que una efigie de un templo prehispánico
hubiera sido, por orden del arzobispo Montúfar, transfigurada en
(o substituida por) la imagen de Guadalupe. Lo revelador para una reflexión
historizadora parece ser el cambio en la política de evangelización
ocurrido después de los primeros decenios de la conquista, el que
permitió pasar de una política violentamente iconoclasta,
destructora del paganismo antiguo, a la recuperación de una sensibilidad
idolátrica en la iglesia misma. Ese cambio abrió camino
a aquella conjunción de cultos (el católico de la Virgen
María, y el indígena a la diosa Tonantzin) que posibilitaría
invertir y explotar la idolatría en vez de prohibirla. Esto significaba
también que la iglesia católica se había aventurado
hacia un terreno de política cultural en que se jugarían
conflictos y transgresiones más peligrosas de las que pudiera fácilmente
controlar. Y así empezaría la otra trayectoria del culto,
el lado oscuro y ambigüo de unas prácticas sagradas que inundan
y desbordan a los sujetos que en ellas participan, llegando a veces hasta
la hierogamia, y en donde "la imagen se convierte en un interlocutor,
[...] en una potencia con la cual se negocia, se regatea, sobre la cual
se ejercen todas las presiones y todas las pasiones".
En la historicidad del culto guadalupano desde el siglo dieciseis, por
debajo de su aparente simplicidad y caracter sincrético que va
a formar parte de su conversión en norma oficial, laten tendencias
de un fetichismo ambigüo, incluso con elementos no antropomórficos,
ligado a las tradiciones de los 'zemíes' y los 'ixiptla'. La política
de representación que traduce el culto en orden simbólico,
la que convierte en norma lo que fue figura y cuerpo hasta devenir estándar
o abstracción, inicia un largo combate en que busca apropiarse
del culto sin poder vencer sus paradojas. Altamirano escribe: "Allí
están todas las razas de la antigua colonia, todas las clases de
la nueva república, todas las castas que viven en nuestra democracia,
todos los trajes de nuestra civilización, todas las opiniones de
nuestra política, todas las variedades de vicio [...] Nadie se
exceptúa: es la igualdad ante la virgen: es la idolatría
nacional." Estas palabras llevan a un 'discurso' de convergencia
o igualdad lo que es, más bien, negociación y reapropiación
de una imagen o de un fetiche desde vocaciones y situaciones diferentes.
No puede haber 'convergencia' si el discurso abstrahe de una 'plenitud
inmamente' a lo sagrado que disputa lo íntimo a lo individual,
sobrepasa la expresión y la energía corporal cursadas públicamente,
o expulsa las apariencias capaces de invertir al sujeto, tornándolo
comunitario, pero no por ello menos deseante. Como dice Mircea Eliade
en su crítica de Freud: "To translate an image into a concrete
terminology by restricting it to any of its frames of reference is to
do worse than mutilate it." Sin embargo, "images bring men together
more effectively and more genuinly than any analytical language".
2. Cine y heterogeneidad de la imagen
Manuel Valenzuela observa una múltiple
actualidad del fenómeno guadalupano como mito y prácticas
que han llegado a atravesar el presente; habla de sus aspectos sincréticos,
numinosos, políticos, transclasistas, místico-populares.
Carlos Monsiváis anota: "A fines del siglo XX, en la Guadalupana
se concentran las vivencias de la marginalidad y el desgarramiento."
Si el discurso nacionalista y estatal se hubiese percatado de las resignificaciones
y los descentramientos que la epifanía y la fetichización
de la Guadalupana han vivido en el transcurso del siglo veinte -abarcando
obras de cine, teatro, canción popular, pintura, artes plásticas
y televisión-, su retórico enaltecimiento de los 'fundamentos'
de identidad del México moderno hubiera resultado tal vez más
frágil. Porque lo que llama la atención en las manifestaciones
contemporáneas del culto, ante todo en la música y en el
cine, son nexos variados entre hierofanía y sexualidad. "Despierta,
dulce amor de mi vida, despierta, si te encuentras dormida ... La letra,
pensada para celebrar el amor profano, se endereza rumbo al amor divino."
(Y vice versa.) En cuanto a una 'modernización' de las prácticas
religiosas litúrgicas, la Virgen de Guadalupe es sin duda la figura
más vital de todas. Sigue renaciendo como ídolo de incontables
metamorfósis'. Cabe preguntar: ¿Hubiera podido presenciar
cinco siglos consecutivos sin albergar y renovar potenciales sorprendentemente
seductores? En los decenios recientes ha vivido una impresionante diseminación
cotidiana, intercultural e intermedial en diversos espacios. A través
del cine, el teatro, el 'performance audiovisual', la imagen de la virgen
se hizo parte de unas culturas miméticas ambigüamente sexuadas
donde se observan transgresiones de la 'integridad' y funcionalidad religiosas.
Si la expresión "Rituales del caos" (Monsiváis)
confiere una de las metáforas más propicias del caracter
heterogéneo de la modernización en México, el cine
melodramático de los años treinta y cincuenta fue una de
las agencias que más intensamente interfirieron en el orden simbólico
de la religiosidad, contribuyendo a una reorganización de los nexos
entre elementos sagrados y profanos en tanto imaginación. Ese cine
ha inaugurado espacios intermedios y lenguajes heterogéneos que
integraron "los elementos laicos y políticos de la nacionalidad
con valores e íconos profundamente religiosos". Pensando en
la recodificación de nexos entre sexualidad y religiosidad, lo
sorpendente viene por camino anacrónico. Aquella actriz que con
su imagen establece un radical contrapunto frente a los valores patriarcales,
es la que también apoya su habitus cinemático en unas sorprendentes
mímesís' que la acercan a (y hasta la convierten en) la
imagen de la Virgen de Guadalupe. Es María Felix, "belleza
bronca en el país del machismo", "fustigadora de virilidades
alzadas", "hembra bravía", "devoradora de hombres",
"estrella virago", "hembra gorgónica", quien
logra crear una iconografía erótica sobre las sublimes huellas
de la Guadalupana.
Dos películas se prestan para una breve comparación. En
Río Escondido de Emilio Fernández, María Felix encarna
a una maestra de escuela que se encamina hacia un pueblo en que rigen
el atraso y un caudillo bárbaro, para traerles a las gentes la
protección, la pasión solidaria hacia el prójimo
y la educación. La maestra Rosaura se asemeja hondamente a la madre
ideal y protectora y, sin embargo, cumple una misión civilizadora
que le fue encomendado por el presidente, muriendo después de una
trayectoria de total abnegación y entrega a la causa patria. Aparte
de obvias conotaciones patriótico-religiosas, hay un encuentro
escénico entre Rosaura y una estatua de madera de Cristo cuando
esta es sacada de la iglesia por los pobladores en un acto de pedirle
agua al santo y al cielo. En el marco de la relación simbólica
entre el santo y la santa, la virgen-maestra aparece como protagonista
activa y comprometida con el destino de los demás, mientras la
imagen de Cristo luce desamparada y remota. La pregunta por las diferencias
que la imaginación cultural ha establecido entre las figuras de
Cristo y la Guadalupana -ambas de suma importancia en los imaginarios
de América Latina- nos puede revelar un contraste que va más
allá del breve episodio fílmico.
Gilles Deleuze escribió sobre la comparación nietzscheana
entre Dionisio y Cristo que el martirio y el sufrimiento tienen para ambos
un significado opuesto: "por un lado está la vida que justifica
y afirma el sufrimiento. Por otro lado está el sufrimiento que
acusa a la vida y testifica en contra de ella". Esa "paradoja
espantosa de un 'Dios en la cruz', este misterio ... de una extrema barbaridad",
ha introducido en los creyentes un imaginario de 'sentirse culpable' de
la muerte de Cristo, de nacer con un 'pecado natural' que sólo
puede ser remediado por la abnegación y el servicio a la iglesia.
Si comparamos las trayectorias de codificación y ambigüedad
cultural que cargan las experiencias sacrales vinculadas a 'Cristo', por
un lado, y la 'Virgen de Guadalupe', por el otro en América Latina,
nos encontramos con un fenómeno tan sorprendente como significativo:
la Guadalupana no es una figura que delega, simbólicamente, un
imperativo de culpa -no produce aquellas figuraciones fantasmáticas
de 'sentirse culpables'. Si "el sufrimiento cristiano convierte la
vida en algo que debe justificarse", entonces laten en la veneración
de la virgen otros dispositivos libidinales y empoderadores. La falta
del 'principio de culpa' que nos es revelada por una comparación
con la figura de Cristo, prefigura en el caso de Guadalupe dispositivos
de sexualidad y libidinalidad diferentes Ahí parece residir uno
de los factores que contribuyeron a la increíble capacidad de metamorfósis
que late en las presencias culturales guadalupanas y, en especial, a un
arsenal de imágenes en que se disputan los aspectos de devoción
y seducción. Por otro lado, el cine no sólo actualiza matrices,
sino también las genera.
La 'Virgen-Mujer' en la película Tizok (Amor indio) de Ismael Rodríguez
se situa en un polo opuesto a la abnegación patriótica-religiosa
de la maestra en Río escondido. Tizok es un indígena con
rasgos de 'buen salvaje', descendiente de "príncipes Tacuates"
quien lleva una vida marginal en una zona donde confronta el racismo tanto
de los hacendados como de la población mixteca mayoritaria. Ávido
frecuentador de la misa, descubre un milagroso parecido entre la estatua
de Guadalupe en la iglesia del pueblo y María, sobrina de su patrón.
Unos equívocos intensamente melodramáticos causan la determinación
del indio de querer casarse con María (Felix). Por un lado, su
deseo de 'casarse con la santa' hace pensar en el misticismo de las hierogamias
siempre existente en los márgenes del cristianismo oficial, fenómeno
peligroso porque lleva al absurdo la platónica separación
entre 'imagen'/'imaginación' y 'prácticas'. Por otro lado,
Tizok es una réplica viva del indio Juan Diego ante quien la Virgen
de Guadalupe había aparecido por primera vez. Parecido a Juan Diego
(tal como lo relata el Nican Mopohua), Tizok mora en el monte (tepetl)
en donde el canto 'placentero de las aves preciosas' (habitantes de la
mitología prehispánica) anima a sus sueños y le anticipa
un milagro; hasta su manera de hablar se asemeja a la dicción 'escritural'
de Juan Diego. Diferente de su matriz canónica, Tizok es un ser
testarudo con ademanes rebeldes que sólo se entiende con el cura
y la efigie de la virgen en la iglesia. Cuando aparece María (Felix),
se apresura a creer que "la niña" ha descendido para
contratar matrimonio con él. María, una excéntrica
habitante de la Ciudad de México en busca de lazos creativos con
la naturaleza, rechaza el insólito empeño, pero la intensidad
del "amor indio" no deja de alterar sus emociones. Quiere darle
una negativa digna a Tizok, enredándose en malentendidos y siendo
asesinada, finalmente, por los rivales del amante indio. Tizok, al ver
morir a la amante-virgen, se toma la vida para juntarse con ella en el
sueño y en los cantos de los aves. Si Río escondido reescenifica
la dimensión de sacrificio de la imagen guadalupana, Tizok lleva
la imaginación al punto del 'sacrilegio'. En la interacción
de ambos, sacrificio y sacrilegio, se renueva una parte de la imaginación
guadalupana en el ámbito audiovisual.
La reescenificación de algunos elementos o peripecias del Nican
Mopohua en Tizok puede leerse en clave de una experiencia de seducción
del "indio" por la "virgen". La (virtualidad de la)
seducción se debe, en parte, a los rasgos heterogéneos del
culto guadalupano. Por otra parte, es la proclividad a la 'histeria' del
gesto melodramático de María Felix la que, junto con las
intrigas de los patriarcas de turno, causa los malentendidos en Tizok.
En ese sentido, el melodrama contribuye a la modernización del
culto. "La sacralidad del melodrama se desborda en fetiches":
los movimientos, las miradas, la corporeidad de la Felix, lejos de subordinarse
a una lógica unificadora de representación simbólica,
'operan místicamente' en registros (y con dispositivos) anacrónicos,
moviendose entre el tabú y la virtualidad de una 'comunión'
afectiva, corporal o sexual. Hay una escena reveladora con respecto a
la capacidad mimética y metonímica con la cual María
Felix (y las imágenes de la misma) se abre paso a los ámbitos
contemporáneos de la imaginación guadalupana. Cuando María
descubre su parecido físico con la efigie de la iglesia, no se
impresiona ante el insólito hecho, respondiendo al cura: "la
serenidad de su rostro revela una dulce resignación a los sufrimientos
que yo estoy muy lejos de sentir. De la expresión de la virgen
habla algo de la amarga vida de mi madre a quien mi padre hizo tanto sufrir.
Yo no estoy dispuesto a sufrir así." Dice el cura: "con
esas ideas vas a ser una mujer muy desdichada". Contesta María-Guadalupe:
"o muy feliz".
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