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Carola Recio Velazquez
Universidad Complutense de Madrid
Email: recia_carola@yahoo.es
¡Sin ángel que me guarde!
La agresión sexual y sus mitos.
-¿Cómo es?- pregunta una amiga de la familia, una mujer
con ataques de clarividencia
Cuéntame -dice alentada por
la noticia de mi abuela de que he visto un fantasma en casa.
-No tiene cara -susurro
-¡El ángel de la guarda! -grita ella
-¿Con traje? -dice mi abuela-. ¡Seguro que los ángeles
no llevan traje!
El fantasma me asusta. No habla, no se mueve. Nunca me sigue cuando salgo
corriendo de las habitaciones oscuras
Quizá el espíritu
de mi padre esté realmente aquí: en nuestra casa, a la espera,
vagando
Catherine Harrison, El Beso, (1998:19)
Si abordar la difícil empresa de
lo sagrado es ya una tarea arto complicada, nos resulta aún más
complejo comprender el maridaje tan extravagante y traumático que
conforman las agresiones sexuales dirigidas a mujeres y su sacralización
dentro de las múltiples prácticas religiosas tanto históricas
como más contemporáneas. No sería, pues, arriesgarnos
demasiado al afirmar que la civilización Occidental proviene de
una suma de violaciones y agresiones. Sin ir más lejos, el paso
de las estaciones, según la mitología griega, depende de
la eterna bajada de Perséfone al infierno debido a que el Señor
de los muertos no se le ocurrió nada mejor que violar y desposar
a la joven Perséfone. Otro de los violadores más famosos
y venerados por la historia religiosa es el gran dios Zeus. Las múltiples
mujeres objeto de su implacable deseo se veían en la necesidad
de transformarse en distintos animales y formas en un intento desesperado
por escapar de las sagradas garras de Zeus o de las de Apolo, dios del
vino y las mujeres. De ahí que Ío se convirtiera en una
vaca, Daphne en laurel, Leda, disfrazada de ganso, sufriera el ataque
de un cisne pervertido o que Danae quedara preñada de una extraña
lluvia de oro. Esta concepción tan extravagante y poco elegida
de Danae nos recuerda a otra mujer víctima de los deseos divinos,
nuestra querida Virgen María cuyo ángel de la guarda pareció
no tener ni voz ni voto ante los deseos pro-creativos del Espíritu
Santo. Frente a dicho ataque por sorpresa, la Virgen María sólo
acertó a decir que decir-decir pues realmente no podía decir
nada, por lo que se limitó a recordarse y recordarnos su estatus
de inferioridad: "soy la esclava del Señor, hágase
en mí su voluntad". ¡Y vaya que si se hizo!
Es evidente que el dolor desempeña una parte fundamental dentro
de lo sagrado. Existiendo, sin embargo, como nos recuerdan Catherine Clément
y Julia Kristeva, unas partes más sagradas que otras una vez ya
entrados en materia corpórea. Sagradas y puras son las lágrimas
que caen de ojos desconsolados, sagrados son los pechos, preferiblemente
grandes, que prometen amamantar a todo aquel que se acerque. Sagrados
los cabellos largos (a poder ser rubios y ondulados), tendidos al sol.
La sangre también es sagrada pero con condiciones: ¡menstrual
no, por favor! A partir de aquí nos vamos acercando peligrosamente
a aquellas partes menos sagradas, encontrándonos con una intensa
concentración de restricciones, fronteras y tabúes en todo
lo referente a las partes sexuales, y decimos "peligrosamente"
de forma muy poco gratuita, pues como explica James G. Frazer en su excelente
incursión mítica, el peligro y el tabú se dan la
mano (si no algo más). "Éstos [los tabúes] actúan,
por así decirlo, a manera de aisladores eléctricos para
conservar la fuerza espiritual de que están cargadas las personas
u objetos y evitar que sufran o inflijan daño al contacto."
(1944: 267).
Dicha selección en el que se ven privilegiadas las partes altas
frente a las más bajas, arroja a las agresiones dirigidas a mujeres
como la violación o el abuso sexual a un mar de lo más turbulento
y oscuro. Cómo transmitir, por tanto, experiencias de esta índole
cuando ya de por sí la tradición religiosa occidental ha
colocado a la zona genital femenina en uno de los peores puestos del ranking
en cuanto a tabúes e impurezas se refiere. Frente a este bagaje
religioso tan inquietante, a nadie sorprende que supervivientes de agresiones
sexuales que deciden convertir sus experiencias en tinta nos recuerden
en algo a los calamares, animales acuáticos que utilizan la tinta
de la que están provistos como arma de defensa. Este tipo de tinta
derramada por escritoras norteamericanas contemporáneas como son
Nancy Venable Raine, Catherine Harrison, Janice Haaken o Susan Brison,
parece servir más bien para emborronarse y "mancharse"
aún más. Al tiempo que comienza la escritura, comienza casi
paralelamente la entrada en el purgatorio para ambos, escritor y lector,
¡Aquí nadie se salva! A medida que la mancha de tinta se
expande a lo largo y ancho de las páginas, se extiende vertiginosamente
de igual modo un cúmulo de sacrilegios ante los que nos/ se enfrentan
las escritoras.
Entre las diversas problemáticas con las que nos hemos tropezado
al leer varios textos cuya trama principal es la narración de una
agresión sexual, se encuentra la enigmática recuperación
de mitos de la antigüedad e historias religiosas. Arma de doble filo
(ambos filos muy afilados) que convierte, por una parte, a la agresión
sexual en un espectáculo religioso de características únicas.
Por otra parte, observamos también que la inserción de una
agresión sexual dentro de un marco mítico-religioso, hace
de un crimen tan atroz y monstruoso un acto sacro, desarrollándose
por consiguiente toda una estética de la monstruosidad sublimada
gracias a la trascendencia proporcionada por la frRicción con lo
divino. Todo este proceso desemboca en la ritualización de la agresión
sexual, lo que significa en muchas ocasiones un reforzamiento del crimen
más que su deseada aniquilación. De igual modo, la ritualización
de dicha trasgresión del código moral supone una normalización
de lo inaceptable. Si por algo se caracterizan los mitos es por su perdurabilidad,
su estructura repetitiva y por su resistencia al cambio, lo que condenaría
a la mujer a ser violada o abusada dentro del círculo vicioso bajo
el cual se encuadran los mitos. ¿Cómo explicar pues, que
escritoras contemporáneas busquen refugio bajo su manto?
Quizás este suicidio colectivo metafórico sirva como denuncia
para llamar la atención sobre la angustia y desesperación
bajo las que se encuentran aún en la actualidad las víctimas
de agresiones sexuales, y todas las mujeres en general, pues la amenaza
a ser violada puede ser incluso más destructiva que la violación
en sí misma en cuanto a la construcción de la identidad
femenina se refiere. Respecto a las consecuencias devastadoras que generan
la violación en la construcción del cuerpo femenino Ann
Cahill afirma en su libro, Rethinking Rape (2001), que "la amenaza
de la violación es un momento formativo en la construcción
del cuerpo distintivamente femenino, por lo que los cuerpos de las mujeres
que no han sido violadas están sujetas muy probablemente a desenvolverse
conforme a las verdades y valores de una cultura de la violación"
(2001: 143).
Ante una situación de este calibre, las escritoras aciertan sólo
a duras penas a delinear con su tinta el colosal trauma tanto social como
personal al que se han tenido que enfrentar al no existir, como nos indica
el título del presente ensayo, "un Ángel que las guarde",
un ángel que desapareció en el momento de la agresión
y que sigue sin dar señales de vida. Este ángel ausente
adquiere forma de familia, de instituciones civiles, de toda una sociedad
que sigue empecinada en negar e ignorar sus propios crímenes por
lo que hablar convierte al que habla en el mártir de nuestro mundo
contemporáneo. Lo sagrado se renueva y alimenta gracias a estos
infinitos focos de dolor que de forma continuada trágicamente reabren
las víctimas de agresiones sexuales con sus testimonios. Judith
Herman nos explica este rechazo institucionalizado de manera magistral.
Mientras que el agresor "pide al que escucha no hacer nada [
]
La víctima, sin embargo, exige acción, compromiso y recuerdo"
(1997: 8-9), por lo que es muchísimo más fácil ponerse
de parte del agresor pues ni nos exige, ni nos implica en absoluto, en
oposición con la víctima quien, por el contrario, nos salpica,
nos mancha con su relato, con sus heridas abiertas, nos exige responsabilidades.
Venable Raine lo deja bien claro en su libro After Silence. Rape and my
journey back, (1998), "nadie quiere pensar sobre cosas tan terribles
-excepto quizás de la gente terrible que nos trae cosas terribles
a la luz" (1998:127).
Y retomando a nuestro ángel protector, blanco de este análisis,
no sólo no se digna si quiera a aparecer, sino que encima se transforma
inesperadamente en una especie de ángel del infierno. Este es el
caso de Katherine Harrison quien en su narración autobiográfica,
El Beso, trata de exorcizar el abuso y la violación de un "padre"
muy poco protector. Tratándose en este caso, además, de
un "padre" no solo filial sino espiritual, perteneciente a la
iglesia anglicana. Contando con apenas veinte años, Katherine Harrison
protagoniza un descenso muy particular al purgatorio que se inicia con
la reaparición de su padre, divorciado de su madre, y apartado
de su vida por presión de los abuelos maternos. Es en este momento,
cercana ya a la mayoría de edad, cuando reinicia la relación
con su padre, esta vez nadie puede separarla de él, ni disuadirla
en su empeño por cubrir los huecos dejados por las tijeras de su
abuela en las fotografías familiares. Rechazada por su madre desde
niña y por su abuelo desde la pubertad, Katherine ve el re-encuentro
con su padre como la llegada al paraíso. Pero la llegada de su
padre sólo consigue acentuar su aislamiento, e incluso alejarla
de sí misma. Dicha bajada comienza con un beso que Harrison describe
como "una especie de picadura que trastorna, como la de un escorpión:
un narcótico que se extiende desde mi boca hasta mi cerebro."
(1998:69).
A partir de este beso, toma lugar un vía crucis muy personal: "el
cañón está oscuro. El cañón es un río
de sangre; cuando mi padre dice las palabras que yo temía -"hacer
el amor" es la expresión que emplea- el corazón de
Dios se parte en pedazos, estalla por mí
-Dios te entrego
a mí -dice." (1998:101) Hágase su voluntad, y amen.
Al párroco no le hizo falta ninguna señal más de
la divinidad para consumar su feroz deseo sexual, y lo que más
"le complace es cualquier prueba de esclavitud" por parte de
su hija (1998:95). El texto de Katherine culmina con la entrada en el
terreno más puramente sagrado puesto que su padre, a sabiendas
de la fuerza de los mitos, la rebautiza con el nombre de "Beatriz"
y "le suplica [en cartas] que lo guíe en el descenso al lado
oscuro de su alma" (1998: 122).
Toda esta situación desemboca en la inevitable violación
de Katherine a manos del preciado ángel caído en un asilo
de beneficencia (1998:144). Desde entonces la protagonista se "concentra
en la mortificación de la carne. Me digo a mí misma que
me entrego a él para ser mancillada, pues, según la descabellada
lógica cristiana que enaltece al ultrajado, quedaré limpia"
(1998:150). Dicha mortificación de la carne incluye varios intentos
de suicidio, bulimia, alcohol, y drogas, entre otras cosas.
Y, retomando la readaptación que nos ofrece Katherine Harrison
respecto al clásico de Dante, La divina comedia, es importante
recordar para nuestro estudio que el limbo dantesco se encuentra conformado
por mujeres violadas en espera de recibir la purificación divina
que las limpie de sus impurezas sexuales y así se les otorgue el
visado para entrar finalmente al reino cielos. Algo parecido le ocurre
a María Magdalena a quien se le imputa ser prostituta por haber
sido violada de niña. La violación mancha a la mujer y hay
que esperar a que la divinidad se acerque para que le limpien a una. Otro
descenso al infierno es el que nos relata Nancy Venable Raine en su autobiografía
After Silence. Rape and my journey back (1998), quien en la parte final
del libro, y después de atravesar la odisea de zambullirse en los
entresijos de una violación silenciada durante años, llega
a identificarse con el mito de Perséfone, destinada por siempre
a vivir seis meses al año en el purgatorio del que la rescata su
madre Demeter tras alcanzar un pacto con su agresor, el infierno. Por
medio de esta identificación mítica Raine ritualiza no sólo
su propio trauma personal sino también toda una realidad social,
a sabiendas de que el número de mujeres violadas se cuenta por
millones en nuestro contexto actual. Pues, en muchas ocasiones es la propia
víctima la que tiene que pedir permiso y perdón por estar
viva, como dice Nancy Venable "Yo hice un pacto con el diablo [
]
Mi fracaso a la hora de morir -probaba que sí hubo algún
tipo de 'consentimiento'- pacto que lenta e inexorablemente me estaba
envenenando" (1998: 223- 224).
Perséfone llega a Norteamérica, a Cambridge, para sufrir
una nueva violación, esta vez no estaba recogiendo flores sacando
la basura y con todo ello, refrescar el dolor, recordar todo el sufrimiento
de no poder escapar, de no poder morir, no poder dormir, no poder incluso
ni recordar ya que como nos "recuerda" Maurice Halbwachs "es
en sociedad donde las personas adquieren sus memorias" (1992: 38).
¿Cómo diablos entonces se supone que Nancy Venable va a
recobrar las suyas propias cuando silencio y represión son las
únicas respuestas que recibe de su entorno, cuando le piden que
"dejemos de hablar de violación y pasemos a cosas más
agradables (Raine, 1998: 126), cuando lo "decente es mantener el
silencio" (1998: 139)? Es, por tanto, comprensible que la autora
afirme que "Perséfone, una criatura de leyenda, me hiciera
sentir menos sola" (1998: 239). Perséfone, con su cíclica
bajada al infierno, es la única que se atreve a sugerirla que "no
tenía que olvidar el infierno. Quizás yo tenía que
recodarlo [
] Tendría que encontrar la determinación
de una Demeter furiosa para sacar a mi hija perdida fuera del Hades"
(1998:242 -246).
Es en esta metamorfosis tan creativa donde Ann Cahill sale a nuestro rescate
e insiste en la "fluidez de los cuerpos" (2001:6). Dicha fluidez
sería, según Cahill, la que nos habilitaría con la
capacidad para el cambio y así explicar, por ejemplo, que víctimas
como Raine se conviertan en agentes de sus propias vidas o el hecho de
que los traumas puedan ser superados y rehechos de mil maneras distintas,
desenraizando al trauma de su fijación en la psique y forzándolo
a moverse junto al resto de elementos con el fluir de la corriente.
La escritora Susan J. Brison, otra superviviente de un caso de violación,
denuncia el hecho de que la filosofía, campo de su especialización,
insista en las verdades universales y homogeneizantes para devaluar la
escritura con tintes personales y autobiográficos. La autora afirma
que esta preferencia por lo universal no es mas que una máscara
tras la que se esconde toda una actitud machista y represora. Un colega
le dijo después de publicar su primer artículo sobre violencia
sexual: "Bueno, ahora ya puedes dejar esto atrás" (2002:
35). Susan, que nunca dejo nada atrás, también recurre a
los mitos religiosos, e inspirada por la devastación tan profunda
que experimentó tras el trauma de su violación, acude a
la historia bíblica sobre una mujer de la que no se menciona ni
su nombre, sólo se sabe que es la esposa de Levite. El sí
mencionado esposo es asaltado por miembros de una tribu hostil y para
evitar su muerte, ofrece su mujer a sus enemigos, lo que resultó
en la violación en grupo de la mujer durante toda la noche. Cuando
el Levita encuentra el cuerpo de la mujer al día siguiente, se
lo lleva a su casa, lo corta en doce pedazos que envía como mensajes
a las tribus de Israel. Para Susan Brison esta historia tan impactante
muestra la complicidad cultural, que prevalece incluso en la actualidad,
de rechazo a mirar el trauma desde el punto de vista de la víctima:
"esta historia bíblica es sólo un alarmante ejemplo
de cómo el cuerpo de la mujer se usa como lenguaje del hombre [
]
Existen paralelos entre la amputación y dispersión de esta
mujer bíblica con el yo despedazado, reventado y el lenguaje escindido
del superviviente del trauma" (2002: 56).
Y, finalmente, para acabar con nuestro breve ensayo sobre la agresión
sexual y los mitos en la Norteamérica contemporánea, no
podemos dejar de mencionar el brillante texto de Janice Haaken, Pillar
of Salt. Gender, Memory and the Perils of Looking Back. (1998), donde
a través del poderoso mito occidental de la esposa de Lot, a quien
Dios convierte en una pila de sal como castigo por haber mirado hacia
atrás, Haaken se enfrenta al abuso sexual dirigido a niños
con el fin de legitimar la narración que hace uso de la fantasía,
o "recuerdo transformativo" -concepto acuñado por ella
misma-, en oposición a la institucionalizada trágica teoría
de la falsa memoria. Dicho mito también le sirve para cubrir el
vacío tan grande dejado por Dios al condenar a la esposa de Lot
sin que sepamos que fue lo que vio ella, hueco que le sirve a Haaken para
abrir nuevos espacios creativos de análisis y escritura femenina,
para mirar desde distintos ángulos móviles hacia delante
y hacia atrás. La autora explica de esta manera su comprensión
del mito: "para las mujeres, el acto de recordar -de mirar hacia
atrás- puede percibirse como transgresivo, incluso pecaminoso.
La mujer de Lot retó la imposición de no mirar atrás,
y su acto de resistencia sirve a modo de historia que advierte de las
consecuencias que conlleva la rebelión femenina" (1998:1).
Uniéndonos, pues, a esta plaga de rebelión, hemos querido
delinear con el presente ensayo algunas de las problemáticas que
se nos presentan en el contexto actual en relación con las agresiones
sexuales dirigidas a mujeres aprovechando los guiños "sacros"
que nos brindan escritoras contemporáneas como las aquí
citadas. Enfatizar también el concepto que nos ofrece Haaken de
"recuerdo transformativo" que nos posibilitaría comprender
las metamorfosis protagonizadas por escritoras como Nancy Venable Raine
al estilo de nuestras diosas griegas quienes, haciendo acopio del ilimitado
poder de la imaginación, conseguían transformarse en laureles,
vacas, gansos o pájaros dentro de un maravilloso y gran etcétera.
Este ensayo no representa mas que un esbozo de un tema tan fascinante
y extenso que necesitaría de un estudio mucho más amplio
y profundo. Con la esperanza eso sí de haber aportado un granito
más de arena respecto a la relación tan enigmática
e inquietante que conforman y desforman la sexualidad y la religión.
De igual modo, insistir en la necesidad de ahondar en nuestra comprensión
y conocimiento sobre las agresiones sexuales y su transformación
actual en un espectáculo empapado de misticismo, sacrilegio, redención
e impureza
todo un ajuar del que renegamos y protegemos al mismo
tiempo.
OBRAS CITADAS
Brison, Susan J. Aftermath. Violence and the Remaking of a Self. Princeton
and Oxford: Princeton University Press, 2002.
Cahill, Ann J. Rethinking Rape. New York:
Cornell University Press, 2001.
Clément, Catherine & Kristeva
Julia. Lo femenino y lo sagrado. Maribel García (tr.). Madrid:
ediciones cátedra, 2000.
Frazer, James. La rama dorada. Magia y
religion. Elisabeth y Tadeo I. (tr.). México: Fondo de Cultura
Económica, 1981.
Haaken, Janice. Pillar of Salt. Gender,
Memory and the Perils of Looking Back. New Brunswick, New Jersey, and
London: Rutgers University Press, 1998.
Halbwachs, Maurice. On Collective Memory.
Ed. And trans. Lewis A. Coser. Chicago: University of Chicago Press, 1992.
Harrison, Katherine. El beso. Susana Camps
(tr.) Barcelona: editorial Anagrama, 1998.
Herman, Judith. Trauma and Recovery. The
Aftermath of Violence - from Domestic Abuse to Political Terror. New York:
Basic Books, 1997.
Venable Raine, Nancy. After Silence. Rape
and my Journey Back. New York: Three Rivers Press, 1998.
*NOTA: Todas las fuentes bibliográficas han sido traducidas por
mí excepto las versiones ya traducidas, con el fin de facilitar
la lectura del presente ensayo.
Within the frame of Spectacles of Religiosities, the present paper draws
its attention to the very special and unique marriage that is conformed
by religion and sexuality and, more specifically, to the relationship
between the sexual aggressions directed to women and its myths. There
seems to exist quite an important group of contemporary north-american
writers who recollect different myths and religious tales from ancient
times in order to talk about their own experiences as some of them are,
in fact, victims of sexual aggressions. Very interestingly, writers like
Nancy Venable Raine, Susan J. Brison, Katherine Harrison or Janice Haaken
experiment a kind of metamorphosis at the style of Daphne running away
desperately from Apollo's undesired advances on her, who finally transforms
herself into a laurel with the help of the holy magic. Correspondingly,
if we take into account the terrible ordeal that any survivor of sexual
aggression has to face in the present times, there seems to be no wander
that authors would recall as much holy magic as possible, precisely under
the circumstances of an American society who, witnessing human horrors
like rape, responds most often with denial, resistance and repression.
Therefore, the prime objective of this essay is to investigate the causes
and consequences derived from the recuperation of ancient myths and their
inclusion in such contemporary contexts. This phenomenon refashions not
only the myths, but the tale, and even the teller herself. This essay
proposes at least two main lines of investigation: a moral one that would
invite us to reflect on the validity that myths centered on women's sexual
aggression enjoy even nowadays which makes of an unmoral act like rape,
a rather holy one provided by new unexpected dimensions. Then, there would
be an aesthetic line of investigation that would try to explore the margins
marked by the myth and its ritual embodiment.
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