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Melvin Ledgard
Pontificia Universidad Católica del Peru (PUCP)
Email: meledgard@yahoo.com
Representaciones cinematográficas
de religiosidades migrantes en el Perú de los años del terrorismo
La representaciones de lo religioso en
el cine peruano de las tres últimas décadas han sido escazas.
Esto es paradójico para un país donde lo religioso, o situaciones
que no se identifican como necesariamente religiosas pero buscan "convertir",
crear un culto con rasgos que las emparentan a la dinámica con
que funcionan las religiones, se da con tanta intensidad, desde la tradicional
presencia del catolicismo, con la que han querido congraciarse todos los
últimos gobiernos elegidos por elecciones desde el fin de la dictadura
militar de 1968-1978, es decir los gobiernos oficiales elegidos de 1980
al presente, el discurso fundamentalista que llegaban predicando los terroristas
en el período donde más lograron desestabilizar al país,
el de 1980 a1992, y el que es quizá el fenómeno más
actual, que por un momento hizo sentir su peso en las primeras elecciones
en que se eligió a Alberto Fujimori en 1990, que no tardaría
en abandonar a estos aliados de nuevo cuño en la política,
el de los "nuevos cultos" que se dan al margen de la iglesia
católica, casi simbólicamente, van tomando para sus asambleas
ceremoniales los locales de viejos cines que, luego de haber pasadopor
una lenta agonía, simplemente encuentran insostenible mantenerse
en el negocio. Esta última situación de por sí ya
está pletórica en sugerencias
Un complejo conflicto entre culturas diferentes ocurrió en el Perú
afectado por la guerra que desató el terrorismo en el período
de 1980 a 1992. Generalmente se considera el sabotaje a las elecciones
de Chuschi-Cangallo el 17 de mayo de 1980, a través de la quema
de ánforas, como el evento que inauguró los actos de Sendero
Luminoso, y el encarcelamiento de Abimael Guzmán en 1992 el que
los clausuró. El gobierno reaccionó de manera violenta a
través de efectivos de su ejército sobre todo a partir de
los años 1983 y 1984 en la llamada "zona de emergencia".
La sierra central se convirtió en un escenario importante a nivel
real pero también en el imaginario colectivo de una nación
entera, y sus actores principales - los terroristas, las fuerzas militares
representando al gobierno y los campesinos que ya estaban allí
antes de que las dos presencias invasoras los hicieran sentir que su vida
era inmensamente frágil entre presiones de bandos opuestos- ilustran
de manera más dramática la colisión de por lo menos
tres sistemas distintos de creencias.
El fenómeno terrorista fue tan traumático que las evocaciones
que se han hecho de él en el cine peruano, aparte de las austeras
condiciones de una en verdad inexistente industria cinematográfica,
demoraron años en aparecer, aunque tres largometrajes concebidos
a partir de la situación específica del espacio de pugna,
angustia y desesperación en que se convirtió la zona de
emergencia llegaron a estrenarse mientras la situación de violencia
se prolongaba.
Durante la primera mitad de los ochentas hubieron voces que arriesgaron
explicaciones que ligaron los actos terroristas a creencias milenaristas
andinas combinadas con la manera en que los activistas de Sendero percibían
el maoísmo a una distancia que por lo menos incluía toda
la extensión del Oceano Pacífico. De ser real la fusión
entre milenarismo y maoísmo hubiera sido una fusión contradictoria,
ya que la importancia que se da en el interior del país a ciclos
vitales relacionados con una visión cósmica hubiera tenido
poco que hacer con un programa que proclamaba el ateísmo como uno
de los caminos para una liberación cultural. Sin embargo, es innegable
la visión fundamentalista y llena de elementos prácticamente
ceremoniales sobre la que se construyó el sanguinario movimiento.
No deja de ser cierto que los llamados "juicios populares" tenían
algo de sacrificios humanos y se realizaban de una manera ceremonial que
seguía sus propias pautas. Eran juicios que funcionaban como juicios
finales ya que se creía que comenzaba una nueva era, una vida después
del tipo de vida que se había vivido hasta entonces, en la que
sólo se permitiría acceder a los justos.
De repente la religiosidad no parece ser un tema muy directamente tratado
en las tres películas y, sin embargo, una dinámica en la
que se duda de formas de fe que se presentan de manera avasalladora que
no acepta la discusión origina siempre en los protagonistas una
crisis de fe en la que terminan buscando en qué creer. Buscan ésto
tanto el soldado de tropa del ejército movilizado a la zona de
emergencia como el campesino que se ve obligado a huir de su pueblo o
la mujer de campo que se le empuja a enrolarse como guerrillera y se le
hace pasar por una especue de "bautizo".
Resulta interesantísimo ver justamente si a partir de nuestra producción
exigua se insinuó algún género cinematográfico
en relación a la representación de un período de
la realidad tan intenso como la década de los ochentas signado
por una violencia que nos colocaba frente a un desenlace incierto. En
el primer lustro de los ochentas se sabía demasiado poco como para
aventurarse a explorar representaciones de esa coyuntura en ficciones,
pero para el segundo lustro de los ochentas e iniciando los noventas,
había películas que iban sugiriendo un género que
se pudo haber afianzado si las condiciones de producción hubieran
sido otras. En el Perú siempre da la sensación que la realidad
supera con creces los intentos de las obras creativas que intentan expresarlas.
La realidad es demasiado intensa, prácticamente inasible porque
quema las manos.
En los ochentas de hecho el fenómeno de la violencia fue el más
importante del país. Este fenómeno fue procesado e interpretado
por nuestros cineastas con las limitaciones del caso. Las limitaciones
a veces provenían de la infraestructura pero otras veces también
reflejaban simplemente la mirada ajena, que se asomaba con buenas intenciones
y curiosidad, a situaciones que se daban en un sector que inevitablemente
parecía resultar ajeno a quienes se elegían el rol de observadores-comunicadores,
quienes eran lo que entonces tenían, mal que bien y con los enormes
esfuerzos que siempre ha implicado financiar una película en el
Perú, acceso a representarlo en la pantalla grande. Nos detendremos
sólo en tres películas pero queda una intresante pregunta
abierta sobre qué hubiera pasado si a fines de los ochentas y a
principos de los noventas en el Perú hubiera habido una industria
cinemaotgráfica más sólida que hubiera permitido
más enfoques sobre el tema o, mejor todavía, adentrarse
más por los caminos que estas tres películas habían
abiertos, caminos que, como veremos son fascinantes en su complementariedad.
Por cierto nunca debe descuidarse el rol del público al momentode
preguntarse si la gente quería ver películas sobre el tema
o más bien olvidarlo porque esté resultaba demasiado doloroso.
En relación a los acontecimientos que afectaban la realidad la
gente entonces tenía una preocupación por el debate político
que hoy ha cambiado muchísimo.
En un período de cuatro años se estrenaron tres películas
ambientadas en la sierra central sobre el tema del terrorismo: "La
boca del lobo" (1988), "Ni con Dios ni con el diablo" (1990)
y "La vida es una sola" (1992).
La primera de estas películas tenía una eficacia narrativa
o funcional que partía de su asimilación de diversos rasgos
de películas estadounidenses ambientadas en la guerra de Vietnam.
Un año antes se había hecho "Nacido para matar"
(1987) y dos antes se había hecho "Pelotón" (1986);
"Apocalipsis ya" (1979) se había estrenado en Lima recién
en los años ochentas y "El francotirador" (1978) había
tenido su propio tipo de impacto. Así como Francis Ford Coppola
mostraba un soldado que bailaba en una lancha que se internaba por un
río bailando al ritmo de "Satisfaction" de los Rolling
Stones propalado por una casetera, Lombardi ponía una radio a transistores
en la que los efectivos del ejército de la tropa movilizada a la
zona de emergencia, representada aquí por la comunidad de Chuspi,
dejaban de lado los huaynos andinos para sintonazar música criolla
de la costa para mostrar su situación de "peces fuera del
agua".
"La boca del lobo" construía la parte más importante
de su trama a partir del mismo tipo de crítica a las instituciones
castrenses que muchas de las películas de Vietnam, recurriendo
a algunos tipos clásicos: el teniente Roca, oficial psicópata
encarnado por Gustavo Bueno, lleno de bravatas y machismo frente al oficial
que quería trabajar por una vía más legal; Gallardo,
el soldado raso abusivo frente a Vitín Luna, el soldado raso confundido
que llegaba a una "crisis de fe en la institución" y
que, significativamente, era el protagonista de la película encarnado
por Toño Vega.
La limpia fotografía de José Luis Linares mostraba a los
campesinos casi como parte del paisaje. El tercer grupo actuante en este
drama, los terroristas, eran presencias invisibles que estaban por todos
lados pero no se les veía por ninguna.
La película hay que verla en su contexto y distinguir sus méritos.
Para su filme anterior, Lombardi había adaptado para la pantalla
"La ciudad y los perros", una novela de Mario Vargas Llosa que
había marcado época a partir de sus constantes reediciones
desde 1962. Veinte años después de la publicación
de su novela, en 1983, la presencia de Vargas Llosa en una comisión
investigadora en la masacre de ocho periodistas en Uchuraccay había
creado una fuerte polémica, que más avanzados los ochentas
tendía a levantar más suspicacias aún cuando el escritor
inició una carrera política, esgrimiendo de manera desafiante
argumentos de derecha en un Perú radicalizado previo a la caída
del Muro de Berlín.
Los ochentas eran una década con una fuerte presencia del terrorismo
en la vida nacional, aunque la percepción del fenómeno cambió
radicalmente del primer lustro al segundo. El enfoque parecía hacerse
más nítido conforme el terrorismo se fue haciendo un fenómenos
más presente en la capital limeña, pues el problema solía
ser visto a partir de la visión abstracta que permitía la
distancia con la que la capital percibe al interior del país. Una
condenación más explícita caracterizó el segundo
lustro, mientras en los tiempos de Uchuraccay campeaba en muchos sectores
la desconfianza al tipo de sistema democrático al que se había
regresado con Fernando Belaunde Terry. Un punto importante en la polémica
era, justamente, que el ejército algo había tenido que ver
con la muerte de los periodistas e incluso se sugería además
que había sido el ejército en coordinación con el
gobierno.
A pesar de que se trata de una masacre de campesinos, el fantasma de Uchuraccay,
la procupación por que los desmanes de un ejército queden
impunes está más que presente en "La boca del lobo",
cuyo título incluso recuerda uno de los subtítulos de "El
informe de una matanza" redactado por Vargas Llosa. En la película,
aparte de que se ve el terror sembrado por Sendero, desde ese mismo punto
de vista que lo veíamos todos aquellos que simplemente sentíamos
nuestra vida afectada por terroristas invisibles, más importante
eran los conflictos internos que se daban al interior de las tropas movilizadas
a la sierra central, conflictos que, como he adelantado, inmediatamente
hacían recordar a un género de cine de guerra de Vietnam,
empezando por la narración en primera persona del protagonista
que inmediatamente remite a "Apocalipsis ahora", "Nacido
para matar" y "Pelotón" y culminando en un duelo
de ruleta rusa que, obviamente, sale de "El francotirador".
Los soladados del Vietcong también son práctiacmente invisibles,
mimetizados con el paisaje, como se muestran en "La boca del lobo".
El oficial psicópata es un descendiente de muchos oficiales psicópatas.
Visualmente la película tiene una puesta en escena eficaz que emula
la funcionalidad del cine Hollywoodense.
Según "100 años de cine en el Perú: una historia
crítica" de Ricardo Bedoya, pag.297, "Ni con Dios ni
con el Diablo" (1990) de Nilo Pereira se estrenó tres años
después de haber sido rodada. De ser cierto el dato la película
entonces podría ser anterior a "La boca del lobo". El
título en sí ya subraya enfáticamente la falta de
opciones no para quienes se internan en las fauces de "boca del lobo"
sino para los que han nacido en las comunidades del interior que de un
momento a otro se conviertían en una "boca del lobo"
donde se establecía una situación de violencia insostenible
que los hacía emigrar hacia otro lado. El punto de vista de la
película se había desplazado a otro grupo de actores de
la situación: los pobladores afectados por el fenómeno.
Al comienzo de la película se ve que el protagonista, Jeremías,
a quien primero vemos en una escena casi de postal tocando su quena mientras
pastan sus alpacas, comparte las creencias de la comunidad. Una de sus
alpacas da extraños gemidos y cuando Jeremías se acerca
de encuentra con que ha parido una cría con dos cabezas. Primero
llega al caserío y se lo cuenta a los vecinos, lo que deja muy
claro que estamos ante un grupo muy homogéneo en sus creencias.
De allí ya tiene una sesión individual de consulta con Don
Justino, al parecer el sabio chamán de cabecera del pueblo, quien
lo invita a entrar a su modesto santuario alumbrado a luz de velas donde
se distinguen tanto calaveras como estatuillas de santos cristianos y
allí le hace una serie de predicciones utilizando la hoja sagrada
de la coca: "Cocacha mamamacha, no te voy mascar por vicio sino para
que nos ayudes y te voy a rezar una oración...y mereceremos la
ayuda de cualquier desgracia. Una maldición caerá sobre
el pueblo y como Dios y el diablo estuvieran de acuerdo para destruirnos.
Como ellos representan el tono, no tendremos ayuda. Tú huirás
tan solo para caer en el infierno..."
La desgracia no tardan en llegar al pueblo encarnada por los senderistas
y, gracias al dato de que ha llegado hasta el segundo año de instrucción,
proporcionado por un pariente suyo que se ha vuelto militante guerrillero,
Jeremías es nombrado "representante de cultura". Luego
llegan las tropas del ejército, los llamados "sinchis",
y Jeremías debe huir porque para ellos ya es un terrorista al que
sus camaradas le han dado un cargo público. Sendero llega a su
pueblo y se le nombra en el cargo de "representante de educación".
Una vez que llegan los "sinchis" no le queda nada mejor que
huir de allí. Su huída es en dirección oeste, cruzando
las montañas, donde tiene una exigente experiencia laboral en los
alrededores de un yacimiento minero con durísimas condiciones naturales
como las nevadas que lo enferman y lo colocan al borde de la muerte, hasta
que baja a la costa, a la ciudad de Lima, a buscar a un "padrino"
capitalino que lo hizo su "ahijado" algunos años atrás.
Aunque las predicciones de "Taita Justino" se cumplen meticulosamente
"Ni con Dios ni con el diablo" es básicamente un película
sobre la imposibilidad de ganarse la vida para los miembros de la comunidad
una vez que salen de donde vienen. El actor que interpreta a Jeremías,
Marino León, significativamente, es el mismo de "Gregorio"
(1985) del grupo Chasquei (dirigida en realidad por el recientemente fallecido
Fernando Espinoza, Alejandro Legaspi y Stefan Kaspar). Ya Gregorio era
un niño hijo de campesinos que viajaba a la costa para encontrarse
con su papá y hacía el trabajo menudo de los niños
que encontraba allí y que habían nacido en las zonas pobres
de Lima. Una vez que la acción se traslada a Lima "Ni con
Dios ni con el diablo" en algún sentido repite el mismo tema
de la migración de la sierra a la ciudad que presentaba "Gregorio"
pero su visión de la capital se encuentra más teñida
de la red de paranoias y ansiedad que se vive desde los grupos de poder
por la amenaza terrorista. Toda esta parte de la película es bastante
débil y casi farsesca pero la hace interesante la intención
de mostrar una situación paralela y a la vez diametralmente opuesta
de "pez fuera del agua" de la que se presentaba en "La
boca del lobo" mostrando como ahora son los pobladores de la sierra
los que muchas veces se ven obligados a vivir en la costa.
Las tomas iniciales de "La vida es una sola" nos introducen
en el mundo andino de frente. Es la época de carnaval y hay bailes,
colores y mucha alegría, mientras entra solapadamente un grupo
de jóvenes que gradualmente se irán identificando como terroristas.
Desde un punto de vista de credibilidad o realismo, toda va bien en tanto
lo elegantes planos-scuencia del director de fotografía César
Pérez muestra visualmente la dinámica de los comuneros,
los terroristas y los sinchis, pero menos bien cada vez que se intenta
mostrar a personajes sosteniendo alguna conversación como esos
dos campesinos que declaman el primer intercambio de palabras en español
mientras cortan un árbol apenas ha comenzado el largometraje. En
muchos sentidos tomamos conciencia de lo mal actuada que está la
película. Apenas alguien se pone a declamar un texto engoladamente
retórico todo el procedimiento resulta horroroso e inmediatamente
nos distancia. Florinda, la protagonista, está interpretada por
la actriz cuzqueña Milagros del Campo, quien aparte de no hablar
con el dejo del resto de los campesinos ni siquiera logra fusionarse visualmente
con el resto de la comunidad porque lleva una prenda de vestir que parece
hecha de tejido sintético o poliester relucientemente blanca cuyo
cuello tortuga y impecables puños de mangas sobresalen o, prácticamente,
emergen desde un atuendo campesino que queda delatado como disfraz. La
prenda también indica la mayor vulnerabilidad al frio clima de
la sierra de la actriz que las extras de cuello descubierto auténticamente
campesinas. Su actuación u s8u apariencia, lo coqueto de sus aretes
sumados a la prenda antes mencionada, tienen todos un efecto distanciador
para el espactador.
En todo caso las comparsas de Milagros del Campo travestida de campesina,
al ser campesinos auténticos, tienen otro tipo de presencia. El
espectador se da cuenta muchas veces que los campesinos están interactuando
con los actores más profesionales, a quienes no los ayudan ni los
parlamentos que tienen que recitar ni sus tics histriónicos.
"El Tigre", el jefe de los sinchis, interpretado por un Aristóteles
Picho que había hecho de soldado raso cobarde en "La boca
del lobo" parece querer superar en la representación de oficial
militar enloquecido al teniente Roca de Gustavo Bueno en "La boca
del lobo". "El Tigre" está totalmente desequilibrado
y, casi en una suerte de homenaje al teniente Roca, también se
coloca el cañón de su arma en la sién. El arma está
cargada y la dispara contra el techo, asustando a los campesinos que lo
escuchan, coronando una actuación en la que muchas veces lo vemos
moverse con los aspavientos que en un escenario se movería algún
actor hiperteatral interpretando a un grotesco y gesticulante Ricardo
III.
Estos excesos histriónicos felizmente están contrapesados
por la cámara del director de fotografía César Perez,
la que parece introducirse al fondo de la quebradas donde están
los pueblos como el que aparece en la película y se conduce en
sofisticados planos secuencia. El paisaje tiene una presencia especial
en los encuadres y la gente también. Los colores verde , rojo y
negro le dan una paleta cargada de colores vivos.
Pero donde una actuación afectada logra tener un efecto interesantísimo
es en el caso de la camarada Meche, la dirigente guerrillera interpretada
por Rosa María Olortegui. Su escena en que "educa" a
un grupo de niños que previamente han hecho abandonar sus aulas
del colegio para cantar himnos senderistas y el discurso cosmogónico
que no tarda en impartirles constituye uno de los mejores momentos de
la película y una escena de antología en el cine peruano.
Olortegui supera ampliamente a la de la dirigente que organiza un juicio
popular al comienzo de "Ni con Dios ni con el diablo".
El discurso en sí mismo nos permite imaginarnos qué tipo
de delirantes versiones del origen del mundo deben haber escuchado declamar
a los invasores: "15 mil años se demoró la tierra para
generar el comunismo. Ahora recién está por terminar una
larguísima época de sombras. Hace mucho tiempo el mundo
se dividió entre explotadores y explotados. ¿Por qué
los españoles derrotaron a los Incas? Porque los Incas eran un
estado fuerte pero carcomido por la explotación. Luego los campesinos
comienzan a luchar y más tarde los obreros. Se forja el acero pero
no llega la victoria.¿Por qué? Porque faltó que surgiera
la luz pero surgió erl año 80. Recién entonces se
abre la aurora y esa oscuridad de 15 mil millones de años se aclara."
Para el espectador va quedando la impresión de que Meche es algo
así como la sacerdotisa pincipal para organizar la ejecución
de los sacrificios humanos a través de los cuales los senderistas
se imponen y los dos momentos particularmente eficaces de la película
tienen pues que ver con Meche tratando de asegurarse que Florinda realmente
aceptara convertirse al credo de la lucha a través de degollar
primero a un perro y luego matar a un comunero.Lo que meche busca es que
Florinda abandone así su identidad anterior, en la que su propia
atracción al movimiento en realidad partía de la atracción
sentimental-sexual a uno de sus activistas.
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