La razón re-encantada: Magia,
neoreligión y rituales en la era del colapso
Rossana Reguillo (Profesora-investigadora del Departamento
de Estudios Socioculturales, ITESO. Guadalajara, México.)
Para Norbert Lechner, presencia y conjuro contra el miedo.
...El grupo transporta a sus dioses en los bolsos, en los casetes del walkman.
En sus sectas y bibliotecas.
...El silencio regresa como un pudor. Lentamente. Los inmortales titubean si
deben descender a un lugar que se ensucia tan fácilmente. Los dioses
pasan, ligeros, tenues, vecinos de la inexistencia, espíritus volátiles;
el menor surco en el aire, los expulsa. Han huido desde hace mucho tiempo de
nuestro mundo atronador.
Michel Serres (2002)
En Santo Domingo de Silos situado en el extremo septentrional de España,
los monjes benedictinos siguen elevando sus perfectas voces para entonar los
cantos gregorianos que en la década de los ochenta se convirtieron en
uno de los mayores éxitos de venta a través de EMI Classics.
Su música coral es la justa medida del desamparo y de la imperfección
humanas frente a lo incomensurable; su éxito de ventas que ha continuado
a través de la "gregorización" de modernos "hits"
como "Tears in heaven" de Eric Clapton o "Don´t give up"
de Peter Gabriel, es la justa medida del retorno y expansión de lo numinoso
a una vida desprovista de trascendencia y sacudida por las urgencias estructurales
y cotidianas.
La razón secular, como conquista de la
modernidad, se empequeñece ante el avance de imaginarios y prácticas
que se esfuerzan por restituir encanto a un mundo cuya violenta desnudez sacude
los cimientos en los que la modernidad se asentó con sus promesas de
autonomía, progreso y equidad.
Llenos de consecuencias es aquí que estamos, desvelados por la incertidumbre
del presente y los contornos nebulosos de un futuro inasible, siempre en fuga.
Así, el miedo se instaura como
instalando dos certezas básicas: "nadie
está a salvo", "todos somos sospechosos". Dos consignas
que operan como claves expandidas de intelección del mundo y que no sólo
contribuyen a la erosión del tejido social sino que además funcionan
como "coartadas" en dos direcciones: "desde arriba" justifican
y celebran el autoritarismo, los discursos y las prácticas de vigilancia
y control, hoy globalizadas, que han encontrado en el desencanto, en la vulnerabilidad
y en el temor hacia el futuro, una filón para imponer un modelo que no
acepta contestación alguna; "desde abajo", operan como ratificación
de lo que los teóricos de la modernidad tardía (1) denominan
"inadecuación biográfica del yo", cuya traducción
es a la vez compleja y muy elemental: todos estamos mal y no hay espacios de
escapatoria ("el mundo nunca fue tan pequeño como hoy ", diría
Ianni (2)), ni prácticas a prueba de la asunción de estas
"verdades". Nadie está a salvo, todos somos sospechosos (siempre
los otros, más que yo), son hipótesis subyacentes al modo en que
nos colocamos en el mundo.
Y de entrada esta ecuación deviene clave
cultural y política para conferir sentido al mundo. El riesgo se ha convertido
en la "key word" para definir el momento de la modernidad por el que
atravesamos, tanto lo estructural (debilitamiento de las instituciones, exclusión
creciente, agotamiento de recursos) como lo cotidiano (acceso a ciertos grados
de "viabilidad" para la vida). No es este el espacio para desarrollar
en extenso lo que se denomina "sociología del riesgo" (3),
pero me interesa colocar aquí como plataforma analítica la relación
entre el aumento en la percepción del riesgo, la circulación masiva
de "mensajes" (tanto preventivos, como explicativos) en torno a los
"riesgos" presentes de cara a la continuidad de la vida y la fuerza
que adquieren en el discurso de los actores sociales, las consignas a las que
he aludido, en referencia a los modos de respuesta que ganan terreno en la socialidad
contemporánea.
La consigna "nadie está a salvo",
es palabra mágica que detona el individualismo; "todos somos sospechosos",
activa la exacerbación comunitarista que privilegia las políticas
del "nosotros" frente al "ellos amenazante". Individualismo
y comunitarismo son percibidos, desde una subjetividad sitiada por los miedos
y la incertidumbre, como alternativas para contrarrestar el riesgo y en sus
multidimensionales formas, narrativas salvíficas, conjuros contra un
enemigo inasible al que no obstante, se dota de cuerpo y nombre para escapar
de la intolerable ausencia de chivos expiatorios. Se fortalece así "el
esencialismo y el 'endurecimiento de las fronteras' entre los grupos (que) obstaculizan
la permeabilidad y la contaminación mutua, y facilitan el separatismo
al crear mundos encerrados en sí mismos", como señala Arditi
(4).
Si en el final del siglo XIX se desencantaron
las formas religiosas del mundo en pos de una perseguida racionalidad moderna
y secular, en los comienzos del siglo XXI, lo que se desencanta son las formas
políticas del mundo: descrédito de las instituciones, desconfianza
y deslegitimación de los actores de la política tradicional, pérdida
o desdibujamiento de los discursos y símbolos que operaron (no sin resistencias)
como espacios de acuerpamiento social; declive de lo público como ámbito
de la discusión y organización de las diferencias; vulnerabilidad
en los modos de constitución del sujeto. De " todo sólido
que se desvanece en el aire" marxista a la "modernidad líquida"
de Bauman, en los análisis cobra fuerza el debilitamiento de las certezas,
como "paradigma" interpretativo; la duda y la incertidumbre constituyen
el "texto fuerte" al que se apela paradójicamente como verdad
irrefutable: "tal vez", "probablemente", todo apunta hacia...",
"quizás". Nadie juega en el tablero de las certezas y los prestigios
hermenéuticos provienen de la capacidad de instalar con mayor contundencia
la inestabilidad del paisaje.
Lo que en el ámbito de las ciencias sociales
y las humanidades constituye un capital (la perplejidad ante el acontecimiento
y el cuidado epistemológico y político frente a los pronunciamientos
contundentes), representa la mayor debilidad en el "nuevo" espacio
público, donde los "públicos", las "audiencias",
la "sociedad", los "ciudadanos" buscan pistas y claves para
desentrañar el acontecer y para delegar (en) o apelar (a) a una voz "autorizada"
que sea capaz de indicar los caminos. Así el espacio público expandido
se va poblando de chamanes de futuros imposibles, de narrativas de salvación,
de decálogos para la sobrevivencia, de certezas y códigos de conducta
frente a la incertidumbre.
El analista es sustituido -sin remordimientos
y con gran éxito de mercado-, por agoreros de la catástrofe y
de la esperanza, cuya "virtud" estriba en la oferta de un programa
que de manera mínima garantice dos cuestiones: el sentido de la biografía
del yo y, la posibilidad del futuro. Puede, y con razón, argumentarse
que esta tendencia es un "revival" de los milenarismos históricos
que han -una y otra vez- regresado sobre las explicaciones mágicas y
religiosas ante los desafíos que presentan las transformaciones sociales.
Esto es indudablemente cierto, pero encuentro una diferencia fundamental con
los movimientos milenaristas de los siglos XVIII y XIX, y el momento por el
que atravesamos.
En el tránsito hacia la industrialización
y la hoy llamada "era de la información", hay una cuestión
clave que ha sido tematizada por los historiadores de las religiones pero poco
estudiada por los sociólogos de la religión. Se trata del papel
de la creencia en su relación con la cultura y los esquemas "morales"
de las épocas en cuestión. Los documentos disponibles permiten
afirmar que los milenarismos especialmente en el XIX, proveyeron de un espacio
de "desregularización" de los estrictos códigos de comportamiento
social para las minorías (especialmente de género), las mediums
o las videntes estaban autorizadas a comportamientos (hablar otras lenguas,
expresarse a través de las artes) inusuales en tanto asignados a categorías
socioculturales masculinas y letradas, que reinterpretaban el papel "femenino"
en el contexto social: en estado de trance las mujeres (algunas mujeres) eran
autorizadas para "hablar", "escribir", "bailar"
o "cantar". Un(os) agente(s) supraterrenal(es) autorizaban estos comportamientos
normalmente proscritos. Sostengo que la creencia y el trance operaban como conductores
culturales para dotar de explicación mágica los cambios que la
sociedad exigía pero para los que se carecía de referente cultural
"legítimo": la magia posibilitaba la entrada de ciertos actores
(mujeres y minorías raciales) al ámbito del discurso social legitimado.
Hoy, me parece y según corroboró en el discurso de mis "informantes",
estos retornos mágicos, religiosos, no se articulan a la "ganancia
de voz" y legitimidad, sino a la posibilidad de ganar un panorama de futuro.
En otras palabras, las diferencias históricas entre los milenarismos
pasados y el retorno de lo numinoso hoy, estarían dadas no tanto por
la especificidad de las prácticas y rituales vinculados, sino a la función
que se le confiere a lo que se asume trascendente. Hoy, el pensamiento mágico
y la centralidad de la creencia, está articulado a la imposibilidad de
imaginar el futuro y no tanto, al acompañamiento de las transformaciones
societales.
En términos de la subjetividad de la época,
es fundamental abrir el espacio para las narrativas que señalan enemigos
probables e intuidos, problemas anticipados o experimentados, vocabularios para
nombrar el dolor, la incertidumbre, el temor, que a narrativas que coloquen
la direccionalidad del futuro (es decir, de las acciones) en la responsabilidad
del individuo o del grupo. En otras palabras, es más fácil prestar
atención a la "lista de enemigos", a las causas "eficientes"
(los negros, las mujeres "liberadas", los homosexuales, los terroristas,
que siempre tienen la culpa), a las recetas mágicas para enfrentar los
temores, que a lo que, desde las biografías particulares, corresponde
para contrarrestar los riesgos derivados del modelo socioeconómico, político
y cultural dominantes, al que se prefiere ignorar, porque asumir esta última
posición implica reflexividad (pensar el pensamiento con el que pensamos)
y esto significa someter a crítica lo que Bourdieu llamó las "doxas":
verdades autoevidentes que no necesitan constatación ni prueba reflexiva.
La hipótesis es la siguiente, el miedo
(como imaginario de época, como relato explicativo, como estructura de
sentimiento) gana terreno en la medida en que se pierde la autonomía
y se retorna, por los caminos mágicos, a los territorios de una heteronomía
que se fortalece en la medida en que libera a los actores de la responsabilidad
reflexiva.
Sostengo que el miedo, como narrativa epocal, es fuerza individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida (Reguillo, ), formulación que me ha permitido en los años recientes, seguir algunas pistas claves: la dimensión biográfica en la configuración de los temores frente al futuro incierto; la potencia o capacidad de algunas narrativas para constituirse en referentes claves (y a veces, únicos) de los motivos del miedo (aquí por ejemplo, Mr. Bush y sus halcones y desde luego, el trabajo fundamental de las industrias culturales) y, de manera clave, el colectivo (o pertenencias culturales) como clave fundamental no sólo para interpretar el mundo, sino además para dotar de una "coartada" desde un lugar interpretativo "seguro" a las explicaciones teleológicas, causales o en otras palabras, la necesidad de darle espacio a una comunidad emocional de referencia capaz de conferir inteligibilidad a los agentes, espacios, figuras, procesos provocadores y culpables de los problemas que enfrentamos.
Por su carácter pre-reflexivo, estos miedos
difieren la responsabilidad sociopolítica.
Sobre estas hipótesis, me interesa discutir aquí, tres temas vinculados
a la presencia del miedo (y la esperanza) como dispositivo(s) de control y de
gestión social: algunas de las características de la sociedad
contemporánea que voy a metaforizadar a través de ciertas figuras-procesos;
la transformación o emergencia (incómodas) de procesos neo-religiosos
de reconocimiento y adscripción como alternativas de cara al futuro;
el crecimiento y endurecimiento del autoritarismo y sus sofisticados dispositivos
productores de miedo.
I. Santoral para tiempos de globalización
(o el miedo como condición de época)
Hoy día ante el declive de las instituciones
y los efectos "perversos" de la modernidad, como llama Bauman a las
consecuencias del modelo-proyecto que nos hemos dado como sociedad, se dibujan
en el paisaje social varios fenómenos que son fundamentales para comprender
"lo contemporáneo" y analizar algunas de los territorios productores
de las incertidumbres que propician la búsqueda de respuestas "a
como de lugar": la urgencia del acontecimiento; la implosión de
las utopías o de otro modo, la imposibilidad de trazar el futuro; el
nomadismo de la época con sus flujos (obligados) de personas, de bienes
e información; la exclusión como requerimiento del proyecto neoliberal
que engancha lo que le sirve y descarta lo que le estorba. Así, la urgencia,
la ausencia de futuros, la migración y la exclusión, configuran
el texto fuerte en el que los actores sociales construyen sus biografías
y organizan precariamente sus programas de acción.
La invocación es una práctica que las culturas populares siempre
le han disputado a los saberes expertos y/o sagrados. Para el análisis
de estos temas "globales" invoco aquí a los santos y santas,
videntes y milagreros que constituyen un débil pero simbólicamente
eficaz territorio para arropar nuestros miedos contemporáneos.
San Expedito (5) o la invocación a la velocidad
Una de las promesas más espectaculares en la campaña del hoy presidente
mexicano, Vicente Fox, paradigma de las figuras políticas mediáticas,
fue terminar con el conflicto en Chiapas en "quince minutos", hazaña
que tres años después y pese a su indudable fracaso, quiere repetir
con las FARC, el Sr. Alvaro Uribe presidente en funciones de uno de los países
más complejos de América Latina; en la televisión y en
las revistas, las ofertas de embellecimiento se montan en su mayoría
sobre el factor tiempo por sobre el sacrificio (ganar y perder medidas como
claves estéticas del éxito social implican solamente decisión
y por supuesto adquirir el mágico producto), transformar el cuerpo es
una meta alcanzable en el corto plazo, no importa cuanto haya de más,
ni cuánto de menos, los aparatos y medicamentos modernos, prometen operar
siempre rápido y sin consecuencias; por encima o en paralelo a las agotadoras
negociaciones políticas que supone el nuevo orden económico, los
especialistas inventan los llamados "fast track" que desaparecen en
el momento y por la vía rápida los fastidiosos problemas asociados
al libre comercio; las industrias culturales elevan a condición de best-seller
tanto a los productos como a los productores culturales que escapan a las lógicas
y esquemas de las "trayectorias" culturales para convertirse en ejemplos
de la velocidad con la que hoy se produce la obra de arte.
En política, en estética, en la
economía y en el mercado de la cultura, la urgencia travestida con mucha
frecuencia en "velocidad" es un valor contemporáneo. De qué
habla esta urgencia, de qué habla la velocidad, qué es lo que
puede hoy metaforizar un santo como San Expedito, a quién se erige como
patrón de las causas urgentes. Pese al riesgo de las respuestas unívocas,
en el relato de hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, mexicanos,
argentinos, colombianos, puertorriqueños, ricos o pobres, globalizados
o condenados a la exclusión, esta obsesión con el tiempo parece
expresar la angustia ante la falta de control sobre la propia existencia. Y
al mismo tiempo, estar vinculada con un cambio valoral que, para mejor expresarlo
es en realidad un cambio de época: el tiempo de los procesos que del
catolicismo a los puritanismos protestantes colocaba el sentido del éxito
en el esfuerzo, en el trabajo y en el compromiso, cede su espacio ante el tiempo
de los "resultados" de una sociedad postindustrial que ensoberbecida
por su poder sobre la naturaleza y su dominio sobre el tiempo, erige como santa
indiscutible de su altar a la velocidad. El éxito si rápido dos
veces bueno, puede ser la paráfrasis desde la cultura popular.
El tema no es banal en tanto el espacio público
se convierte en un gran escenario poblado de imágenes, frases cortas,
personajes que ratifican que la vida es un salto constante entre un acontecimiento
y otro. Y el pretendido dominio sobre un tiempo sin procesos, se convierte en
poderosa arma política en tanto quien se erige en su oráculo es
capaz de señalar que aquello que fue arrebatado por el tiempo será
restituido por la velocidad. El tiempo de los magos es la ausencia de tiempo,
el tiempo de los videntes es la anulación de la separación entre
el presente y el futuro, el tiempo de los santos es el tiempo del milagro que
no precisa del tiempo: nada por aquí, nada por allá y "voila",
el resultado.
Los "ansiosos" configuran una nueva categoría sociocultural, cofradía de esperanzandos disconformes que esperan en cada producto, en cada frase, en cada imagen, un nuevo Mesías, que los haga más bellos, más felices, más ricos, otros, en síntesis. Los ansiosos tienen miedo, de no ser bellos, de no ser felices, de no ser ricos, de ser, en otras palabras, inadecuados. San Expedito ve aumentar su clientela porque nadie ha logrado terminar con un conflicto indígena de 500 años en quince minutos y nadie, todavía, ha sido besado para convertirse en príncipe. El culto a la urgencia está vinculado a la terrible sensación de que el tiempo se acaba y no habrá más oportunidades; su lenguaje es la reducción de la complejidad.
La fuga del futuro o Santa Rita de Casia y sus causas imposibles
Pese al acuerdo tácito y explícito
entre mis padres para que en casa los hermanos recibieramos una educación
estrictamente laica, mi madre se las ingeniaba para pasarnos información
clave de sus archivos religiosos, "cosa de cultura general" decía
para aligerar sus culpas. Así aprendí que Santa Rita de Casía,
mujer sufrida si las hay, era tan extraordinaria que cuando su espantoso marido
le exigía poner una mesa estilo la "realeza de Mónaco"
(eran palabras de mi madre) ella nunca fallaba. El torturador al criticar una
vez la mesa de la Santa, dijo <<lo único que en este salón
falta es "caca">> (decía ella, mi madre se entiende,
para no decir mierda), abnegada pero triunfantemente "Rita" (las licencias
sociales se permitían cuando el personaje en cuestión era querido)
levantó un plato y mostró orgullosa la caca que un pájaro
inoportuno había depositado en su mesa de gala esa tarde para su gran
mortificación pero siempre de acuerdo a los designios divinos. Al ver
semejante milagro, el espantoso marido cayó postrado a los piés
de la Santa. No sé porque esta historia me persigue desde mis tiempos
de infancia y la repito, a veces, para señalar que la imposibilidad no
es imposible y que a veces lo terrible juega a nuestro favor.
Cuando pensaba como dar cuenta aquí del
mayor miedo que he podido detectar en casi cinco años de persecución
itinerante de sus proteicas formas: el miedo al futuro, la imagen de la Santa
se me instaló como clave de lectura, en tanto ella condensa tanto la
inestabilidad de la salvación como lo contingente y fuera de programa.
El más lúcido analista de los miedos
contemporáneos en sus vínculos con la política, Norbert
Lechner, tituló su más reciente libro como "La sombra del
mañana" (6), la imagen usada por Lechner para titular su
libro me parece una poderosa metáfora para designar lo que hoy implica
para la gente la imagen del futuro: una sombra, un confuso o tenue contorno
de trazos que se pretenden reflejos de una imagen cierta. La imagen de "la
sombra" no ha sido siempre en la literatura sinónimo de tranquilidad
y por el contrario, goza de mala fama, su imagen suele asociarse al peligro,
a la amenaza, a lo incierto, a una presencia difusa.
Analizar tanto la bibliografía en ciencias
sociales como los relatos que nos cuentan los "informantes" acerca
bastante esta imagen al imaginario que domina el espacio de las ideas en torno
al futuro: peligro, amenaza, incertidumbre, oscuridad. Al volver sobre los estudiosos
de los mileranismos del XVIII y del XIX, esta imagen es recurrente, lo que,
con ciertas precauciones, me lleva a la hipótesis de que la imagen del
futuro ha jugado un papel clave en los cambios de época.
Sin embargo, me parece que hoy la imaginación
sobre el después está poblada de "datos" catastróficos
de los que carecía la imaginación decimonónica, por ejemplo.
Quiero decir: en la medida en que parece conquistarse el presente (a través
de la ciencia y de la técnica) y que se cuenta con dispositivos poderosos
para doblegar las fuerzas de la naturaleza y de la tecnología, se expande
la reflexividad, la conciencia sobre el entorno y ello dificulta la elaboración
de una "ciencia ficción" como metáfora disciplinante.
En otras palabras, el acceso a la información, la circulación
de datos, las evidencias cotidianas y constatables que circulan por la industria
mediática, alejan la posibilidad de evadir la dimensión de las
consecuencias de un proyecto modernizador que avanza sobre el presente sin cuidado
del futuro.
A contrapelo del valor de la urgencia, la imposibilidad
del futuro, instaura en la atmósfera cultural una contradicción
básica: nada de lo que sea realizado, pensado, dicho, es conjuro lo suficientemente
poderoso para exorcizar el fantasma de un futuro lleno de "sombras".
Atravesados por la evidencia de la ineficiencia del pensamiento mágico
(combustible para la urgencia), la fuga del futuro se alimenta en cambio, de
realidades, de estadísticas, de la evidencia cotidiana de una exclusión
creciente, su único conjuro entonces es la experiencia fuerte del momento
y su único heraldo, una fuerza, una santa, un milagro capaz de traer,
ahí, donde no se supone posible, un argumento para seguir creyendo que
no hay imposibles. Hacer operar con signo contrario, es decir, positivo, "la
mierda" y, lo contingente, es decir " el pájaro que pasa por
la mesa", como fuerzas lo suficientemente poderosas para contrarrestar
la evidencia de una cotidianidad demasiado pesada y agobiante, es la oración
que pronunciamos día a día para evitar que el sin-sentido arranque
de cuajo las precarias certezas de que moverse tiene algún significado.
Los milagreros se fortalecen en la medida en que logran "tocar" las ganas de creer que nada escapa a los designios de un plan maestro. La posibilidad de transformar la valencia del detritus, de la opresión, de los esfuerzos cotidianos por adecuarse a un orden injusto, son la fuerza que mantiene operando la escenificación de un mañana que no sólo es posible, sino que además concita el éxtasis frente a los que han sido capaces, como Santa Rita, de convencer a los incrédulos de que las posibilidades están donde no las imaginamos y el futuro ahí, donde un pájaro distraído e imposible deposita sus deshechos para gloria de los designios divinos. La mercadotecnia política que vende candidatos ha sabido elevar a salmo, la transformación a lo Rey Midas, de los desperdicios: nada es como parece y menos el futuro, alabadas sean las misteriosas formas en que la providencia se manifiesta y ante el temor y la duda que lo terrible e imposible desatan, se levanta la fe en torno a la posibilidad de la transformación del signo de la desgracia, vestida de destino.
No por mucho caminar, podrás cruzar la frontera. Los santos de la migración: Juan soldado y San Toribio
En la competencia histórica entre santos
populares y santos debidamente registrados con todo y copy right, pocos casos
hay tan interesantes como la designación en el ámbito del catolicismo,
del santo patrono de los migrantes. Disputa simbólica que desborda el
territorio de las instituciones y se inscribe en los complejos territorios de
la cultura.
Mientras que San Toribio, mártir de la
Cristiada mexicana (7) se levanta como patrono "legítimo"
de aquellos que deben abandonar su tierra de origen y lanzarse a la búsqueda
de una cierta viabilidad para el futuro; Juan Soldado, personaje complejo, soldado
raso del Ejército Mexicano y acusado injustamente de violación,
se ve erigido por el fervor popular como santo y milagrero de los que llevados
por las circunstancias deben cruzar "a la mala", es decir, sin papeles.
El primero tiene su iglesia en los altos de Jalisco, zona del occidente de México
afamada por su proclividad para expulsar trabajadores; el segundo, tiene un
santuario improvisado en el panteón municipal de Tijuana, en la meritita
frontera con los Estados Unidos. A uno se le pide el favor y el milagro de encontrar
futuro en la comunidad de destino; pero al otro, al santo sin papeles, se le
pide el único milagro de cruzar sin que la migra "lo apañe
a uno".
Devoción religiosa en ambos casos, pero
mediadores muy diferenciados: el uno, es legal y puede "legalmente"
proveer la intermediación para el futuro, a Toribio Romo González
se le pide para el éxito en la llegada y el comienzo de un futuro lejos
de las privaciones de una tierra demasiado ingrata que no da para comer; a Juan
Castillo Morales, "uno de los nuestros", víctima también
de la injusticia, se le piden los favores "bravos", aquellos que no
espantan al santo sin papeles: el don de la invisibilidad para escapar a los
"sherifes" de la border patrol principalmente; también se le
piden novias para el camino; agua y comida suficiente para no morir deshidratado
en los desiertos fronterizos; que haga el favor de traer a los hijos abandonados
en el rancho por esos caminos de dios.
La migración se ha convertido en uno de
los problemas más complejos de la sociedad contemporánea. Bien
sea por motivos económicos, políticos, étnicos o religiosos,
el desplazamiento e incesante flujo de "inviables" y con mucha frecuencia
"indeseables" configura una de las experiencias fuertes de la modernidad
tardía. El tránsito forzado hacia nuevos espacios ha generado
abundantes reflexiones, novelas, poesías, música y por supuesto,
una imaginería religiosa muy importante. Pocas experiencias hay tan solitarias
y angustiosas como la de la migración y en el análisis de exvotos
y retablitos (ofrendas de distinto tipo, imágenes y relicarios que se
colocan ante los agentes de la intermediación) es posible captar que
el miedo al desarraigo es uno de los temores instalados y crecientes en esta
sociedad que se fortalece a costa de la expulsión y exclusión
de numerosos sectores sociales. El "glamour" del nómada derridiano
se aleja de la realidad que experimentan cotidianamente hombres y mujeres que
deben hacer del desarraigo una condición de vida y que en esa condición
encuentran pocas ayudas terrenales y espirituales para confortar el desamparo
y la ansiedad frente a un futuro incierto. No es entonces extraño que
vinculados a la migración, aparezcan, se reconfiguren, se expandan cultos
y devociones capaces de ofrecer un trocito de esperanza a quienes se han visto
obligados a dejar atrás algunas certezas por precarias y mínimas
que sean, para lanzarse en pos de algo inasible.
El miedo de los migrantes, el miedo a los migrantes,
constituye un territorio poco explorado por las ciencias sociales, más
empeñadas en el dato estadístico y en la documentación
del horror estructural. En la atmósfera global se tiende a criminalizar
a los migrantes y a convertirlos, mediante complejos dispositivos simbólicos,
en los principales agentes del deterioro social, económico y cultural.
Los cambios en el mundo a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre
de 2001, han agudizado el problema para las comunidades de migrantes, que deben
afrontar además de las dificultades estructurales, el clima de hostilidad
y sospecha en que los coloca su condición de no-ciudadanos o de extranjeros
peligrosos.
Es importante señalar que "september
eleven" agudiza una situación que venía ya anunciándose
desde finales de la década de los ochenta. Finalizada la Guerra del Golfo,
Estados Unidos, levantó en la llamada "línea" (la frontera
entre USA y México) una gran muralla de metal que se hunde varios kilómetros
en el océano Pacífico en la zona de Tijuana, que fue construida
con los desperdicios de las pistas de aterrizaje para aviones militares en Kuwait.
El "bordo", como llaman los migrantes a la frontera, no es solamente
una línea imaginaria, sino una barrera física crecientemente militarizada,
cuyo éxito reposa en la explotación del miedo al migrante.
No sólo los partidos y los gobiernos de la Comunidad Europea han venido colocando al centro de sus agendas político-electorales, el tema de la inmigración y la seguridad.
En los tempranos noventa, el republicano Pete
Wilson ganó mayoritariamente las elecciones que lo convirtieron en gobernador
de California a través de lo que he venido llamando "la gestión
política del miedo" (Reguillo, 2000b) apelando al terror -expandido
por los medios de comunicación- de numerosos estadounidenses a los "extranjeros
ilegales".
En un efecto "matrushka" (8),
los países latinoamericanos reproducen esta política migratoria
con sus vecinos. La frontera sur mexicana se ha convertido en un "paso
de la muerte" para los centroamericanos, guatemaltecos y salvadoreños
principalmente; Argentina criminaliza a los inmigrantes bolivianos; los colombianos
son sometidos a brutales humillaciones en el ingreso a diferentes países;
los dominicanos son subempleados por los puertorriqueños y estos a su
vez, por los norteamericanos. Y la situación se repite al interior de
los espacios nacionales, con las poblaciones campesinas e indígenas que
en un éxodo interminable buscan en las ciudades condiciones más
favorables para la vida.
El tema no se agota en un asunto de agendas políticas, se inscribe en
el plano de la cultura, esto es, en el horizonte de los dispositivos de producción
y reproducción simbólica de la vida social. En la gramática
de la guerra contra el inmigrante, lo que está en juego no son las armas,
sino las representaciones y, los principales "proveedores" de representaciones
son hoy los medios y las industrias culturales. Contrarrestar estos efectos
sólo es posible cuando se cuenta con "ayudantes" supraterrenales
capaces por un lado, de mediaciones legales y por el otro, de milagreros astutos
e ingeniosos, listos para irrumpir en el espacio cuadriculado de las instituciones
globales.
II. Epifanías y otros milagros urbanos
(o el miedo como atmósfera cultural)
Algunos datos sirven, por si existieran dudas,
como indicadores de que la creencia está muy lejos de poder circunscribirse
a un sector de la sociedad y vincularse a priori a la falta de instrucción
o de reducirse a la conducta ignorante, inocente o histérica de algunas
personas.
Por ejemplo, en México, existen actualmente
más de 1200 denominaciones religiosas. Todos los días aparecen
en los diarios anuncios que prometen mágicas soluciones a problemas muy
terrenales; los adivinos, los servicios telefónicos de oráculo,
las lecturas de tarot, constituyen ya un sección importante en los directorios
telefónicos; aparecen constantemente institutos de astrología
y fenómenos paranormales que no sólo ofertan servicios sino además
ofrecen instrucción formal en diferentes campos del esoterismo; la expansión
y diversificación de las llamadas medicinas alternativas constituye un
extenso repertorio de soluciones que mezclan los saberes tradicionales con la
"nueva era": la aromaterapia, la cristaloterapia, las flores de bach
y más recientemente la orinoterapia, hacen palidecer a la ya muy conservadora
homeopatía; la impresionante y creciente convocatoria a los centros tradicionales
de peregrinación ritual ponen en entredicho la racionalidad secular.
Cabe citar también la Encuesta Nacional
Los mexicanos de los noventa (9), que recoge diferentes aspectos sobre
la cultura y la política en México. Ahí se señala
por ejemplo, que un 25 % de los hombres y un 28 % de las mujeres están
de acuerdo en que el arreglo de los problemas más difíciles depende
sólo de Dios; que un 88 % de los ciudadanos cuyas edades van de 18 a
35 años, sí le pedirían un favor a la Virgen de Guadalupe
o a algún santo, este porcentaje aumenta a 94% en los mayores de 51 años;
54 % de los ciudadanos, cree en la suerte; 38 % en el infierno y 26 % en las
limpias. Para replantear algunos falsos supuestos, los datos señalan
que un 43 % de los que afirman creer en la suerte, cuentan con estudios universitarios
completos y 30 % de los que afirman creer en las limpias, viven en zonas con
grados de urbanización muy alta.
Las apariciones y milagros divinos ya no tienen
su locus exclusivo en las comunidades rurales o apartadas. A principios de junio
de 1997, en la estación Hidalgo del metro de la ciudad de México,
"apareció" en el piso una imagen de la virgen de Guadalupe.
La figura, apenas insinuada, en menos de una semana logró convocar un
desfile impresionante de fieles y creyentes que inmediatamente improvisaron
un altar y en la defensa de la autenticidad de la imagen, apareció un
nuevo "Juan Diego" (10), un joven de 20 años que fue
testigo de cómo "se alzo el piso pa'riba y luego pa'bajo y ahí
se fue dibujando la estampa de la virgen". Para este joven y otros muchos
pasajeros del metro, súbitamente transformados en peregrinos, la imagen
anuncia que "algo terrible" va a pasar en México (11).
Mientras que la jerarquía eclesiástica
niega la validez de la aparición e invita a los medios de comunicación
a evitar la "vana credulidad" y señala que no hay elementos
teológicos que permitan afirmar la presencia divina a través de
unas líneas que se han formado por una filtración de agua, el
fenómeno crece.
De este acontecimiento, en tanto analizador cultural, interesa retomar varios
aspectos. De una lado, la centralidad de los medios de comunicación,
especialmente de la televisión, como productores-articuladores de la
creencia.
La televisión actúa como caja de
resonancia del milagro urbano: "yo primero vi en la tele que aquí
se apareció la Virgencita. Quise venir a verla y para mí si es
ella", le dice una mujer a un reportero. En la investigación en
torno a la figura del chupacabras (12), uno de nuestros entrevistados
dice enfáticamente: "yo no soy muy partidario de que exista el chupacabras,
pero yo hasta que no lo vea en la tele y digan "este es", hasta entonces
voy a creer".
La televisión se convierte en el nuevo
espacio de gestión de la creencia. La mediatización del milagro
o del acontecimiento, lejos de opacarlo, le otorga credibilidad mediante la
"transparencia" de la imagen. A través de la lente de la cámara,
el ciudadano-espectador se convierte en testigo y copartícipe del milagro,
la televisión "democratiza", ya no hay un predestinado, todos
son "elegidos". Desplaza el saber de los expertos y valoriza la voz
de los profanos (13).
Con esto, se quiere apuntar la porosidad e indefinición
entre la dimensión de lo público y de lo privado; por ejemplo
la sacralización del espacio profano (el metro, la calle, el espacio
virtual de la televisión) o la desacralización de los espacios
sagrados que se opera, entre otras cosas, mediante el ojo panóptico de
los medios. La oposición entre el mundo público-social y el mundo
espiritual, que levantó la modernidad, hoy se ve fracturada. En términos
rituales, para salvar esta oposición hay que cumplir con un itinerario
que requiere la presencia de un mediador que concilie este tránsito (Reguillo,
1996;345), hoy la televisión está asumiendo este papel ritual.
¿De qué habla el alto raiting de
programas radiofónicos y televisivos que abordan temas misteriosos, qué
es lo que señala la llegada a internet de las "cadenas mágicas",
que anuncian para quienes las siguen un futuro promisorio y castigos terribles
para quienes las rompen o ignoran y la existencia de numerosos "sites"
dedicados al tratamiento de la magia, el esoterismo, los fenómenos inexplicables?
La atmósfera cultural que hoy se experimenta no está configurada por hechos aislados. Vista de conjunto esta atmósfera habla, entre otras cosas, de la pervivencia camaleónica de los mitos que a lo largo de la historia de la humanidad han servido para exorcizar el mal, para darle forma a los milagros, cuerpo a los aparecidos y un orden a cada cosa. Controlar y domesticar y, al mismo tiempo, protegerse y reencantar el mundo.
Los narcos también rezan: conjuros
populares.
Malverde o el discreto encanto de la ilegalidad
Pérez Reverte uno de los más exitosos
novelistas en lengua hispana por entrega de los últimos tiempos, hace
de la frontera México-Estados Unidos el territorio mágico en el
que Teresa Mendoza, alias "la mexicana", y mejor conocida como la
"reina del sur", se transforma en narcotraficante. En una de las "escenas"
claves de la novela, cuando Teresa, perseguida por los capos que sospechaban
que ella poseía secretos comprometedores, cita al simultáneamente
agente gubernamental y jefe de jefes, en el Santuario del Santo Malverde, benefactor
y protector de narcos. Como al pasar Pérez Reverte registra en esta primera
parte de la novela la centralidad de la creencia y la necesidad de los favores
de un mediador supraterrenal para los operadores del narcotráfico.
Abundan los reportajes periodísticos regionales
y las crónicas europeas fascinadas por esta dimensión cultural
del narcotráfico que documentan, con mayor o menor calidad, la fuerza
del culto religioso entre los narcos latinoamericanos. El tema relevante aquí,
me parece, es la disolución entre las fronteras de lo legítimo
y de lo ilegal en referencia a la creencia y la ruptura de las costuras que
ataban la devoción y el ritual a las "causas" consideradas
buenas. Si bien es cierto que en el mercado de las creencias los rituales y
prácticas vinculadas a los submundos de la delincuencia han estado presentes
a lo largo de la historia y que también es cierto que la figura del bandido
social ha despertado el interés y la simpatía de amplios sectores
de la sociedad que ha considerado a estas figuras una especie de "vengadores"
populares capaces de una redistribución de la justicia y de la riqueza,
los cultos vinculados al narcotráfico hoy configuran un territorio complejo
de mezclas que funden elementos de distintas tradiciones religiosas (la santería,
la religiosidad popular católica, la magia y la llamada new age, por
ejemplo), con el añadido de que estas complejas prácticas salen
del espacio clandestino y restringido del narcotráfico para instalarse
en la vida cotidiana de las ciudades.
Este efecto de apropiación inversa (importación
de milagreros, oraciones, objetos y rituales proscritos), según he podido
constatar en mis acercamientos empíricos al fenómeno, tiene como
motor la creencia -más extendida de lo que las jerarquías religiosas
se atreven a reconocer-, en la mayor eficiencia práctica de estos agentes
"paralelos" en la resolución de los problemas terrenales. La
experiencia cotidiana de la exclusión, de la marginación, de la
corrupción e incapacidad de distintas instituciones para ofrecer respuestas
y a veces, un sentimiento de traición o abandono de las fuerzas "del
bien", que siguen exigiendo fidelidad y respeto por un modelo de vida,
llevan a muchas personas a la búsqueda y apropiación de otras
formas de dar sentido a lo trascendental. Subjetividades que encuentran en el
hoy abundante mercado de creencias, una alternativa que al tiempo que oferte
mecanismos de salvación no exija una conversión radical ni una
práctica religiosa regulada. Este discreto encanto de la ilegalidad se
vincula a la expansión de una fórmula muy sencilla de altísima
eficacia simbólica: creencia sin remordimiento.
Del Santo Malverde, cuyo exitoso santuario en el norte de México, recibe cientos de visitas diariamente y que es homenajeado con grupos que interpretan narcocorridos, a la Santa Muerte, que acompaña a los gatilleros en sus "trabajos" cotidianos, pasando por los escapularios, que portan los sicarios colombianos, benditos por la Virgen de Envigado en Antioquia, que son al mismo tiempo talismanes contra la muerte (propia) y conjuros para favorecer la muerte (ajena), el mercado religioso se ha poblado de curiosos símbolos que ya no obedecen a una sola "sintaxis" y que generan, del mismo modo que las creencias de Menochio, el panadero de Ginzburg, su propia solución de continuidad. El traslape de ofertas y consumos señala la necesidad de llenar una ausencia, un vacío de sentido cuya satisfacción se articula cada vez más a las soluciones individuales.
III. Se venden metáforas con poco uso:
la guerra y los índices del miedo
(o el miedo como proyecto político)
Y llegamos finalmente a la "madre de todos
los miedos": el miedo como proyecto político que alcanza proporciones
planetarias y adquiere nueva corporeidad a raíz del 11 de septiembre
de 2001 y de la guerras preventivas contra el terrorismo.
God bless America, es la expresión ambivalente de un grito de guerra
y de un lamento. Como grito de guerra, la consigna relanza la idea de la cruzada
contra a los infieles que atentan contra el mundo conocido; como lamento, la
oración invoca la protección frente a la vulnerabilidad y la incertidumbre
que se experimenta por la irrupción de fuerzas que no pueden contenerse
y parecen operar con lógicas que escapan a toda comprensión.
De maneras complejas, la cruzada contra el terrorismo
ha vuelto visible la persistencia de un viejo principio antropológico
que señala que los límites, es decir, las fronteras, los umbrales,
son zonas de peligro que necesitan de un mantenimiento ritual especial. A contravía
del discurso de la globalización económica y de la mundialización
de la cultura, cobra una fuerza renovada la geometría del adentro y del
afuera.
Las coordenadas de la geografía del mal han sido dibujadas por el secretario
de defensa de los Estados Unidos, Mr. Ronald Rumsfeld, en un discurso pronunciado
en febrero de 2002 en el que señaló que la única estrategia
posible es levantar una protección frente a "lo incierto, lo desconocido,
lo imprevisto, lo inesperado". Se trata a todas luces de la proclamación
global del miedo y de la declaración fáctica de un adentro-fortaleza
que debe ser capaz de rechazar la incertidumbre, lo desconocido, lo ajeno.
Y si esta cruzada contra el mal replantea la
noción de fronteras y de límites en una geopolítica que
no admite contestación, no es menos cierto que agudiza el conflicto cultural
frente a la otredad: afuera acecha el enemigo, espejo extremo y distorsionado
de los miedos de una sociedad alcanzada por sus propias contradicciones.
La política del miedo se ha convertido en forma de gestión y control
social utilizando los mismos mecanismos del mercado: oferta-necesidad y necesidad-promesa.
Los paladines del mundo libre (de miedo), prometen producir "zonas de riesgo
cero", aunque el costo para ello, nos anuncian, sea la de sacrificar la
libertad en aras de la seguridad. Así las políticas del miedo
abonan el camino para el ejercicio de las más sofisticadas formas de
autocensura. Hegemonía pura, instalado el terror al terror, los aterrorizados
se convierten en cómplices entusiastas del autoritarismo "protector"
y en vigilantes de sí mismos.
Pero como todo proceso en búsqueda de
hegemonía, sus artífices saben que requieren, lo supo siempre
Gramsci, de un delicado mecanismo de ideología productora de miedos y
de la fabricación de enemigos -a veces creíbles- y de amuletos.
No es sencillo elaborar diagnósticos sobre estos asuntos, en tanto los
dispositivos ideológicos cambian de piel según las circunstancias:
ya aparecen como cabezas parlantes de Fox y CNN, que arropados bajo la piel
de funcionarias de altísimo nivel, o en las ropas de los intelectuales
de Estado, o en el ciudadano común que piensa que su banderita es una
bala de plata contra los hombres lobo.
Si hay un retorno complejo de lo religioso en
este nuevo siglo, se ha producido por las vías más insospechadas
y al mismo tiempo más antiguas: la asociación entre el poder político,
el poder económico y el autoconvencimiento de ser el grupo/pueblo/partido
elegido para la realización del destino glorioso y la expulsión
de los infieles, con la diferencia histórica de que los "elegidos"
están en posesión de bombas no demasiado inteligentes y en control
de los hilos de la economía planetaria.
En la homilía de signos producidos en
la última de las guerras preventivas, va tomando forma un "paradigma"
de conocimiento sobre la realidad que genera su propia moraleja: cualquier gesto
de disidencia, cualquier sospecha, una palabra desviada, un cuerpo incomodo
a los patrones de la genética del bien, un lengua proscrita por las cabezas
parlantes, un asomo de duda, serán de manera más que justificada
considerados símbolos de hostilidad y sus practicantes o detentadores,
aniquilados sin misericordia en bien de la patria y del mundo: poker! o amén!,
según sea el caso.
Frente a esta realidad, el miedo como forma básica de la relación
social, engendrará sus propios programas de respuesta y el ciudadano
cederá su lugar a la lucha entre víctimas, victimarios y verdugos,
quienes representarán en el ámbito del eje celestial a los únicos
seres capaces de hacer justicia.
El filósofo Leo Strauss dijo que "toda
fe que reclama universalidad, por ejemplo, ser universalmente aceptada, genera
necesariamente una fe contraria", me pregunto si a la fe universal en el
miedo, como motor de la socialidad, se le opondrá la fe de mujeres y
de hombres que a nivel planetario, de Porto Alegre a Davos, sean capaces de
re-encantar el mundo por el simple acto de reconocer al otro. Hoy, el universo
de la religiosidad y la maquinaria política están atrapadas por
el mismo dispositivo imaginario: el miedo a todo aquello considerado desviado,
amenazante.
No son tiempos en los que sobre el optimismo colectivo.
Guadalajara, julio 2003
Notas:
(1) Ver por ejemplo los trabajos de Bauman, Giddens, Beck y Lash.ARDITI, Benjamín (2000): El reverso de la diferencia, en B. Arditi (editor)El reverso de la diferencia Identidad y política. Nueva Sociedad, Caracas.
BECK, Ulrich: Sociología del riesgo.
BELTRÁN, Ulises y otros (1996): Los mexicanos de los noventa. Encuesta Nacional de Valores. Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. México.
IANNI ,Octavio (1997): Teorías de la globalización. Siglo XXI/UNAM, México
LECHNER, Norber (2002): La sombra del mañana. La dimensión subjetiva de la política. Colección Escafandra. LOM Ediciones, Santiago de Chile.
REGUILLO, Rossana (2003): Revista Nómada...
----(2002): Epica contra melodrama....
----(2000b): gestión política del miedo...
Reguillo, 1996;
-----(1996b): "Los lenguajes del miedo", en Renglones No. 35, ITESO, Guadalajara
SERRES, Michel (2002): Los cinco sentidos. Ciencia, poesía y filosofía
del cuerpo. Taurus, México.