Praying New York / Rezándole a Nueva York

Rezándole a la ciudad más inhumana de todas, rezándole para encontrar un sitio en el caos de sus calles y en la soledad de sus gentes. La aspereza de la desubicación, hizo que dos desplazadas, una italiana apegada a su cámara, y una bailarina de Andorra,  se unieran para encontrar un espacio dónde sentirse cómodas, para encontrar su “espacio”.

Nuestro trabajo es una plegaria a cualquier Dios disponible, porque carecemos de uno; una apelación a cualquier dogma que se acomode a nuestras exigencias; un rezo a los que aun tienen tiempo para escuchar.


“Praying  NY” fue, des del primer momento de su concepción, ante todo, una necesidad. Nace del hambre de encontrar y del desplazamiento, de la soledad y de la incomunicación.

Creado y pensado en estrecha colaboración con Ilaria Distante, el fruto de nuestro trabajo en común es más que un simple proyecto cargado de un mensaje y  con fines académicos. Tampoco persigue un objetivo meramente estético. Sería demasiado fácil reducirlo a eso. “Praying NY” es, para ambas de las autoras, mucho más. Es el motor y tabla de salvación en el mar agitado de la ciudad en la que todo es posible. Curiosamente, buscando nuestro sitio, en el proceso mismo de la búsqueda nos hemos encontrado, casi por casualidad, cuando ya habíamos desistido en la lucha.

Nos pusimos a trabajar casi intuitivamente, para poder sentirnos parte de algo, no excluidas de una realidad que parecía moverse fuera de nosotras. Por lo tanto, este proyecto pensado y elaborado para las iniciativas del “IV Encuentro Hemisférico de las Américas”, es, a la vez, fruto indiscutible de nuestra experiencia personal al enfrentarnos a una gran ciudad como Nueva York.

La historia empieza por el principio, cuando dos europeas, una andorrana y una italiana, desembarcan en Nueva York con sueños propios y necesidades distintas, y con inmensas ganas de nutrirse de la cantidad de estímulos que, supuestamente, una capital como esta ofrece. Pero el encanto de las expectativas se diluye rápidamente cuando nos damos cuenta que esta ciudad en vez de congregar a todas las nacionalidades del mundo, y ser sede de convivencia y mestizaje, es, simplemente, todo lo contrario.

Es obvio que los tópicos no sobreviven, y que la mayoría de ellos se desmienten con el tiempo y la experiencia empírica, pero quizás los positivos prejuicios que esta ciudad acarreaba a sus espaldas eran tales que el desencanto fue más grande. No hubiese sido lo mismo si hubiésemos aterrizado en otra ciudad, dónde por definición no eres más que un extranjero que emigra y tiene que adaptarse al modo de vida imperante. Nueva York al carecer de un prototipo a seguir, propio y representativo, nos esperaba, presuntamente,  con los brazos abiertos. Por esa falacia, a priori aceptada, pensábamos que dos desplazadas como nosotras encontrarían fácilmente un lugar, entre las miles posibilidades, dónde ubicarse. Pero no fue así, ni muchísimo menos. Nos dimos cuenta casi al llegar, que la ciudad es tan agria y agresiva como cualquier otra y que el sueño de la integración y cruce, de razas, culturas, religiones, no es más que un sueño, vago, tremendamente vago.

No negamos, no podemos, que en Nueva York confluyen por accidente, necesidad o motivos varios, gentes de todas partes y de culturas diversas, con diferentes cosmogonías y apreciaciones del mundo.  Pero esta realidad, no implícitamente implica que esas distintas filosofías converjan para crear algo nuevo de esa relación. Aquí, más que en ninguna parte que nosotras conozcamos o hayamos visitado, la demarcación de raza, cultura y religión es exageradamente grande. Las comunidades, cuales guetos, se excluyen por si mismas marcando limites inquebrantables.  Y así se comportan las gentes que los componen. Son islas inabarcables en un mar plagado de archipiélagos.


Que compartan un vagón de metro, no implica que el judío y el afro americano, que el irlandés y el puertorriqueño convivan y se relacionen. Simplemente se ven obligados a compartir un espacio, pero la interrelación e interacción son mínimas; cada uno pertenece y se debe a su clan y/o su religión, y no va buscando crear vínculos con las demás comunidades colindantes. De aquí barrios como Little Odessa, o China Town, o el mismísimo Harlem. Guetos cerrados y excluyentes, delimitados y perfectamente encuadrados en un contexto imposible de quebrantar.

Nuestra llegada a Nueva York, marcó, para nosotras, un antes y un después en el camino. Veníamos de antemano buscando un sitio dónde acomodarnos, dónde encontrar nuestro lugar, y acabamos aterrizando en Nueva York, ciudad poblada de desplazados.

La confrontación con la agresiva ciudad, desprovista de contexto para nosotras, provocó una reacción defensiva. Queríamos ante todo encontrar nuestro sitio, pero por mucho que buscábamos no conseguíamos alcanzar el objetivo. La gran diferencia cultural que separa la Vieja Europa del Nuevo Continente, la diversidad de posibilidades con las que identificarse y la misma dispersión de esas posibilidades nos indujeron un sentimiento de pánico. Estábamos fuera de contexto, absolutamente fuera, sin saber siquiera si podríamos estar dentro. Por esa razón misma, por la sensación de sentirnos fuera del tablero, decidimos tirar los dados y jugarnos hasta la última carta. La propuesta era clara, la búsqueda del Santo Grial, que en este caso, era nuestro sitio en este lugar.

Con ese motivo, buscando un “dónde”, una filosofía  o una religión que nos hiciera sentir pertenecientes de algo, decidimos emprender este proyecto. El “Espectáculo de las Religiosidades” nos brindaba el marco perfecto para empezar nuestra búsqueda. Creamos, pues, un personaje que fuera la síntesis de nuestras percepciones de pérdida, y decidimos ponerla fuera de contexto para evidenciar la desubicación de la misma.

Y así, del puro desconcierto, nace nuestro personaje, que soy yo misma. Quisimos premeditadamente exagerar los rasgos que pudiesen implicar un mayor contraste con la realidad que nos rodeaba. Y fue difícil encontrar el modelo, pues es complicado ser un extraño en una ciudad poblada de ellos. Ningún atuendo era lo suficientemente radical para marcar distancias con la realidad, porque la realidad aquí, tiene innumerables caras, todas distintas e insólitas. Al fin decidimos que la mejor manera de crear un contraste en Nueva York era confrontar la poesía a la crudeza. Creamos este personaje perdido que se mueve por los recovecos de la ciudad en búsqueda de los suyos, de su espacio y, como no, de su filosofía de vida, de su religión.

Para poder vivirlo como tal, y no simular algo que tenía que ser un experimento empírico, me creé una historia, para musitarla cuando perdiera el hilo en medio de la acción. Me sentí des del principio no sólo fuera de contexto, sino también desplazada en el tiempo. Perteneciente a un momento donde la belleza reinaba frente a cualquier adversario. Y se me apareció el cuento de Cenicienta. Sí, yo era cómo Cenicienta fuera de su cuento Por algún motivo inexplicable mi hada madrina, después de proveerme de mi bello traje, mis alhajas y mi porte de princesa se había equivocado en el destino, transportándome en lugar de a la Corte Real donde debía esperarme mi príncipe, a un Nueva York contemporáneo, dónde nadie me esperaba. Ese sería pues, mi desplazamiento y nuestro punto de partida para el trabajo. Fuera de lugar y de tiempo.

Y funcionó, como funcionan todas las cosas emprendidas con pasión y necesidad. Buscamos los sitios más infrecuentes dónde colocar a nuestro personaje, pero también los más comunes. Y en los típicos, descolocamos las acciones para crear ese contraste que queríamos provocar. Y en el juego de creación, descubrimos que somos, las tres, las dos autoras del proyecto y la misma protagonista del cuento, unas desplazadas más en un mar de desplazados. Que por mucho que buscásemos no encontraríamos sino a iguales que nosotras, buscadores de su sitio.

Por eso nadie se manifestaba con mis acciones, a nadie le parecía impresionar que me diese por bailar en medio de la fuente de Washington Square Park o que parase el tránsito porque quería recostarme en el paso de peatones. Por que en el fondo, cada uno de los espectadores que por casualidad se cruzaban en nuestro espectáculo sería capaz de hacer lo mismo para encontrar su lugar. Me imagino que no les parecería lo suficientemente escandaloso o exagerado si el fin, el propósito del juego era encontrarse. Sintiéndome sola en mi disfraz, sentí a la vez una complicidad en las miradas, de aquellos que les gustaría ser capaces de hacer lo mismo, o de aquellos que en un momento se buscaron pero se cansaron de hacerlo por no encontrar respuesta.

Pero nosotras si la encontramos. Es imposible sentirse sola en una sociedad de solitarios y de desplazados. A lo sumo, también ellos, nosotras, formamos parte de un grupo: aquellos que no encuentran su lugar y no se acomodan a ninguna casilla preestablecida. Por ello, Ilaria y yo nos encontramos para recrear nuestro lugar en el exilio, formando parte de una pequeña comunidad con sus propios ritos, hábitos, y concepciones estéticas.

Lo más sorprendente e inesperado fue que buscando crear un contraste, entre la frágil belleza del personaje y los agrios espacios de la ciudad, la belleza imperaba ante todo. En vez de disminuirla la potenciaba, dándole luz y fuerza, aunque la escenografía fuese un cúmulo de bolsas de basura mal esparcidos en una calle cualquiera. El personaje y su leitmotiv no se contagiaban con el entorno, sino al contrario, se elevaba con él.

Y las posibilidades son miles y los espacios a explorar inacabables. Por eso, por las ganas de seguir investigando y por querer desarrollar el proyecto añadiendo al margen fotográfico movimiento cargado de significado, queremos que este proyecto sea la semilla de un video danza que desarrolle la misma idea. No nos quedan más que muchas ganas de seguir trabajando; el marco es incomparable, y nuestra situación única e irrepetible.

Olga Sasplugas, nacida en Andorra, se graduó en Danza Contemporánea en el Instituto del Teatro de Barcelona y en Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de la misma ciudad. Bailó durante tres años con It Danza, dónde trabajó con coreógrafos como  Wim Vandekeybus, Nacho Duato, Jiri Kylián y Rui Horta. Su inquietud coreográfica la llevó a crear “Mâi Pen Rai”, el video Danza con el mismo nombre, “Enredant-me” y “Fly”.