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foto/photo:
Marlène Ramírez-Cancio |
Performance
y patrimonio intangible
Una de las formas para comprender el patrimonio
intangible es el performance entendido como los modos de transmisión
social del saber –prácticas, costumbres, actos, relaciones,
expresividades- recreados a través del tiempo por propios
y extraños. El Día de Muertos es una ventana para
mirar cómo circula este conocimiento.
Utilizamos la tecnología digital como recurso para la documentación
y diseminación de las experiencias compartidas durante esta
celebración (EN EL SUR DE MORELOS). Se trata de un ejercicio
para conocer algunos espacios y tiempos donde la tradición
renueva la comunidad. Esta celebración se convierte en un
territorio habitado por emociones, colores, aromas y sonidos, espacios
de la memoria, objetos rituales y prácticas compartidos entre
vivos y muertos.
Intangible heritage as performance
By looking at the Day of the Dead celebration as a performance,
we are able to understand the ways in which cultural memory is transmitted
through social practices, customs, actions, and rituals. These customs
and traditions, through their practice, revitalize the community.
Technology in the form of digital photography and video recording
is used as a resource to document shared experiences. This annual
event becomes a space of memory, filled with emotions, colors, sounds
and smells, and ritual objects belonging both to the living and
the dead.
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La
celebración de Días de Muertos en México
(Contexto histórico)
por Martha Toriz
Proclamada
por la UNESCO como patrimonio intangible de la humanidad (noviembre
2003), la celebración de los Días de Muertos en México
es producto de un sincretismo religioso. Con dos raíces,
la indígena y la española, conjunta elementos de ambas;
sin embargo, esta celebración es una práctica social
que se transforma en el discurrir del tiempo. Asimismo, las diferencias
de las localidades donde se lleva a cabo marcan particularidades
distintivas a la vez que identitarias.
Quizás el origen de la ceremonia de ofrendar a los muertos
se ubique en China y Egipto, de donde fue tomada por los árabes
en el siglo VIII y llevada a la Península Ibérica
durante la dominación de los moros. Luego de muchas guerras
y largos procesos de unificación entre los pequeños
reinos de la península, así como de resistencia a
las invasiones de visigodos y árabes, se logró la
unidad y el establecimiento de la religión católica
a finales del siglo XV. Así, aunque no exentos de la influencia
árabe, los ritos funerarios que desarrollaron en la península
se inscribían en los marcos del catolicismo. En las fechas
de Todos Santos y Fieles Difuntos, consideradas como de culto a
los muertos, se realizaban diversas actividades en las regiones
de España.
George Foster dice que en Cataluña “se ofrendaba una
flor pequeña y amarilla, la siempreviva, que recuerda al
cempasúchil mexicano. En gran parte del norte de España
(provincias vascongadas, norte de Castilla la Vieja, y Aragón),
se llevaban a la misa ofrendas de trigo o de pan y vino para que
recibieran la bendición, o se ponían directamente
en las fosas. Parece que la costumbre no fue común en el
sur y hoy día casi ha desaparecido en el norte. La creencia
de que las almas de los muertos regresan a la tierra para compartir
estos alimentos apenas se conserva hoy, aunque tal pensamiento se
encontraba antaño tan firmemente arraigado en Asturias que,
por ejemplo en Proaza, poca gente dormía la víspera
de las benditas ánimas. La mayor parte de la gente no ocupaba
sus camas para que las almas de sus parientes fallecidos pudieran
descansar, si así lo deseaban, la noche de su visita a la
tierra. La actividad tradicional de la víspera de los santos
difuntos es la de doblar las campanas durante toda la noche. Los
muchachos que las tocan, y en ocasiones los adultos, se calientan
alrededor de una fogata, tuestan castañas y beben vino. En
muchas aldeas del norte y del centro de España, los jóvenes
van de casa en casa, pidiendo limosnas para los muertos, orando
a veces por las almas de los difuntos de cada hogar donde hacen
su petición. Las limosnas, en especie o en efectivo, se las
entregan al cura, de quien esperan que les ofrezca, a su vez, la
colación nocturna.
En Aragón, se alumbraba a los muertos con velas y se comían
los “huesos de santo”, que eran dulces de mazapán
en forma de tibias. Otra ofrenda de alimentos era el “pan
de ánimas”, como se le llama en Segovia, claro antecedente
del “pan de muerto” que se consume actualmente en México.
Aunque el culto a los muertos español no alcanzó las
dimensiones rituales, místicas y de toda índole que
tenía en otras culturas, como en la sociedad mexica por ejemplo,
evidenciaba la importancia de la muerte en la vida cotidiana, hecho
que se percibe nítidamente en el arte de la época.
Los conquistadores y colonos de la Nueva España provenían
de casi todas las regiones de la metrópoli hispana, por lo
que la diversidad de ritos en el culto europeo a los muertos, enriqueció
el sincretismo novohispano. Tales costumbres tuvieron una amplia
aceptación por parte de los aborígenes, al encontrar
en ellas elementos semejantes a diversas prácticas prehispánicas.
Esto ayudó a los evangelizadores españoles a implantar
las ideas cristianas en los indígenas conquistados.
Al llegar los españoles a Mesoamérica, encontraron
naciones con un ancestral culto a los muertos. Los hallazgos arqueológicos
lo registran hacia el año 1350 a.C., en Tlatilco y Tlapacoya,
con entierros flexionados, tumbas de lajas, materiales asociados
y ofrendas ya suntuosas con posibles sacrificios humanos que infieren
una conducta de tipo religiosa.
A lo largo de las 18 veintenas del año azteca se hacían
varias celebraciones a los muertos, como lo muestran Graciela Gutiérrez
y Javier Córdoba en el trabajo que aquí se incluye.
Una de ellas, la del mes Quecholli, coincidía con la fecha
de la religión católica, en noviembre. Por otro lado,
destacaban otras dos festividades: Tlaxochimaco o Miccailhuitontli,
es decir, fiesta pequeña de los muertos o fiesta de los pequeños
muertos, y la otra, Xócotl Uetzi, también nombrada
Hueymiccailhuitl, la fiesta grande de los muertos. La tarea de conversión
católica propició que los diversos ritos del culto
a los difuntos se concentrara en los dos días de la religión
dominante, por ello la celebración de los difuntos se estableció
en México el primero y dos de noviembre, primero la fiesta
de los niños, y luego la de los adultos muertos, como en
la tradición antigua.
Fuera de estas dos grandes celebraciones se rendía culto
a los difuntos en otras ocasiones, aunque en cada una se celebraba
a diferentes clases de ánimas. En la concepción mesoamericana
del mundo, la existencia del ser después de la muerte no
dependía de la manera en que se había vivido (como
en la religión cristiana) sino de la circunstancia en que
se había muerto.
El sincretismo de esta fiesta es palpable sobre todo en las piezas
que integran una ofrenda, aunque también puede apreciarse
en tradiciones que fueron parte de los ritos europeos del siglo
XVI, y que encontraron eco en las costumbres prehispánicas,
como el ofrendar regalos a los muertos, el visitar los panteones
para compartir con los difuntos su efímero regreso y el trato
especial a los niños fallecidos.
En la época colonial, del lado del pueblo las celebraciones
seguían mezclando una buena dosis de tradición y creencias
indígenas con elementos del catolicismo, lo que desembocaba
en prácticas rituales y ceremonias poco ortodoxas que se
percibían más bien como alegres fiestas u ocasiones
de relajamiento.
A través de estas celebraciones el pueblo mantenía
una cosmovisión propia, que el clero consideró en
cierto sentido subversiva. Por ello, las autoridades empezaron a
reglamentar las fiestas religiosas en los cementerios, para que
éstas tuvieran "más recato y decoro", pues
les escandalizaba la visita nocturna que hacían los deudos
a las tumbas de sus muertos, con quienes convivían comiendo
y bebiendo en exceso. Sin embargo, estas disposiciones nunca llegaron
a aplicarse con eficacia.
En la época de la Independencia, la percepción y el
culto de la muerte se mantuvo en función de la procedencia
social y étnica de la población; los indios conservaron
sus cultos tradicionales, con profusión de tibias y cráneos.
Entre los criollos, la celebración de difuntos estaba más
vinculada a la ortodoxia católica: una invitación
al recogimiento, al recuerdo, a la plegaria, a los rezos. Las familias
de recursos daban a sus sirvientes “la calavera”, es
decir un obsequio en dinero; en los panteones las tumbas eran aseadas
y adornadas con flores y velas, notándose más regocijo
que pesar. En medio de los extremos, había un intenso proceso
de fusión de costumbres. En esa primera época de México
como nación independiente, en la capital del país
se vendían calaveras y canillas de dulce y en el zócalo
se comerciaban juguetes que representaban comitivas fúnebres,
esqueletos y calaveras.
A mediados del siglo XIX, la celebración de la muerte adquiría
un tono más festivo, se hacían los dulces típicos
de calaveritas de azúcar, esqueletos de almíbar, muertecitos
de mazapán y se preparaba el pan de muerto.
Durante el porfiriato, las costumbres fúnebres persistieron;
el pueblo compartía el pan con los muertos, iluminando los
caminos de altares y tumbas; la gente “bien”, imbuida
de las formas de comportamiento modernas importadas de Europa, se
alejó del espiritualismo de indios y españoles, dando
un carácter banal a esta fecha. La comunión entre
vivos y muertos, el día de consagración y memoria
de los finados, se había convertido para la sociedad porfiriana
boyante, en una ocasión para exhibirse. El pueblo seguía
inundando los panteones y realizando ahí sus comidas en comunión
con los muertos, tratando de complacerlos en el día que volvían
a visitar a sus parientes. Los grupos indígenas o mestizos
cercanos a esta raíz, siguieron haciendo grandes preparativos
para el Día de Muertos: comida, bebida, flores, veladoras,
puestos en tumbas y altares. Ya entonces se elaboraba gran cantidad
de dulces: calaveritas de azúcar, dulce de tejocote, entierros
de garbanzo, calabaza en tacha, dulce de chilacayote.
En la época de la Revolución florecieron las “calaveras”,
cuyo antecedente quizá lo podamos encontrar en los panegíricos
funerarios traídos por los españoles, mismos que tuvieron
su auge en la Colonia, pero lograron pervivir hasta fines del siglo
XVIII entre la elite ilustrada. Cuando inició el fervor revolucionario,
esos panegíricos fueron criticados por pedantes y ridículos,
y se vieron transformados en sátiras a personajes políticos
y otras personalidades que gozaban de popularidad.
La frivolidad, la fiesta, las tradiciones, la religiosidad y espiritualismo
se fueron mezclando hasta alcanzar buena parte del carácter
que percibimos hoy en esta fecha. Actualmente, podemos observar
las variantes de esta magnífica fiesta en diversos estados
de la República, ya que las tradiciones de cada pueblo varían
como resultado de la memoria histórica, de los factores económicos,
sociales y de los recursos naturales propios. Estas diferencias
van, desde la forma de colocar las ofrendas y el tipo de alimento
que se prepara para los difuntos, hasta la disposición de
cada uno de los objetos utilizados.
En la región central de México esta celebración
se realiza, en las regiones campesinas, cuando está concluyendo
el ciclo agrícola. Esto hace suponer que el acto no sólo
se limita a rendir culto a los muertos, sino también a las
plantas cultivadas que están por finalizar su periodo de
vida para renacer al año entrante. De esta forma podemos
decir que hay una concepción colectiva de que la muerte biológica
es un medio para permitir el desarrollo de nuevos individuos que
perpetúen la especie y recuerden a los muertos. Por otra
parte la renovación de los lazos de parentesco efectuada
durante el festejo se convierte en un mecanismo que fortalece la
cohesión y reafirma la identidad para evitar la muerte social
del grupo. De esta manera, dicha celebración es un medio
a través del cual la familia y la comunidad que la realiza
arraigan el presente con su pasado para proyectarse hacia el futuro.
Según los estudios de Catherine Good, los nahuas dicen que
“Los muertos trabajan junto con los vivos en la agricultura
y benefician directamente a la comunidad al controlar la lluvia
y la productividad de las plantas y la tierra. Los muertos pueden
traer el viento y las nubes cargadas de agua y hablan directamente
con los santos, los dioses y Tonantzin para que ellos manden la
lluvia” , por lo que los muertos son esenciales para la fertilidad
en general.
Naturalmente, las variaciones en la celebración del día
de muertos responden a la historia y las circunstancias propias
de cada localidad. En contextos más urbanos, el ritual de
convivir con los muertos tiende a desacralizarse. Marta Turok observa
las transformaciones ocurridas después de la segunda mitad
del siglo XX, en las tradiciones de pueblos, como Mixquic en la
ciudad de México, o la isla de Janitzio en Pátzcuaro,
Michoacán, donde el fervor se mezcla con el turismo masivo.
Los habitantes de estos lugares han aprendido, paulatinamente, que
también es negocio conservar la tradición.
En el ámbito de la expresión artesanal popular y del
montaje de ofrendas, opina Turok, se produce una explosiva resemantización
que convierte el culto a la muerte en un culto al espectáculo.
La artesanía ritual se convierte en arte popular decorativo,
para ser coleccionado y exhibido.
La ofrenda también ha cobrado nuevos valores: se ha convertido
en un símbolo por excelencia para artistas y para el sistema
educativo. Por una parte deviene en instalación artística
y en performance, y es llevada a museos y centros culturales de
México y otros países; por la otra se convierte en
las escuelas en un medio de reafirmación de los valores culturales
de México, para contrarrestar al anglosajón Halloween.
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EHECATL-QUETZALCOATL
MICTLANTECUHTLI
Día
de Muertos
¿Acaso
de verdad se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Nezahualcoyotl.
Miquiztli,
Muerte.
En
la concepción autóctona del altiplano central de México,
Mictlan, es el lugar del reposo y la quietud, destino final de los
muertos. Miquiztli, 'muerte', es renovación y transformación:
dualidad muerte-vida en un ciclo perenne. Omnipresente en tiempo
y espacio: en los procesos biológicos, lo mismo en la germinación
de una semilla de frijol, que muere para dar paso al brote de una
pequeña planta en un rascacielos, que en una fiesta tradicional
celebrada en un camposanto, en Amilcingo, Morelos que en Tzintzuntzan,
Michoacán o Mixquic, D. F. con comida y bebida acompañada
de música de bandas de pueblo o de mariachis. Figura también
como sexto día de los 20 que conforman el Metztli o ciclo
"mensual" de la cuenta del tiempo en el México
ancestral.
Miquiztli, está asociado con el Mictlan, 'entre los muertos'
región de quietud, destino de los muertos. El rumbo del norte,
se denomina en lengua náhuatl: Mictlampa y se relaciona con
el color negro o el blanco. En el códice Borgia podemos apreciar
una representación pictográfica donde aparecen fundidos:
Ehecatl-Quetzalcoatl y Mictlantecuhtli, simbolizando la dualidad
vida-muerte.
En
el Códice Boturini o "Tira de la Peregrinación",
documento histórico, elaborado en escritura pictográfica
Nahuatl, se encuentra una lámina que describe un pasaje,
donde cuatro personajes llamados teomamah, 'cargadores de difuntos'
llevan a cuestas en sendos bultos mortuorios, uno de los cuales
corresponde al difunto Huitzilopochtli, (cabeza humana asomando
por el pico de un colibrí) quien fungía como guía,
en el "peregrinar" del grupo Mexica.

La
relación entre el difunto Huitzilopochtli y los mexihtin,
gentilicio que asumen estos al inicio de su migración y que
deriva de Mexih, nombre que también designa a Huitzilopochtli.
Este es el más remoto antecedente histórico registrado,
sobre las relaciones sociales entre todo un Pueblo y sus difuntos.
Meses
en que se celebraban las festividades y ceremoniales, en honor de
los difuntos:
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TLAXOCHIMACO,
'Se ofrecen flores mutuamente'. En las casas se ponían
pequeñas ofrendas dedicadas a los niños ya fallecidos,
por ello este mes también se llama MICAILHUITONTLI, 'Pequeña
fiesta de muertos'. Diego Durán describe su pictografía:
un muerto amortajado con una bandera enhiesta en la espalda
.Como se puede observar en la parte derecha de la imagen. |
Durante este mes se hacían ofrendas a Huitzilopochtli, para
cuya festividad, se hacían tamales y se guisaban gallinas
y perros para la comida. La ceremonia se iniciaba al amanecer con
ofrendas de flores, copal y comida a Huitzilopochtli. Después
de la ceremonia se empezaba el convivio. Al medio día, en
el patio de la Huei Teocalli se hacía una solemne danza,
que era guiada por los guerreros tenochcas más valientes.
En esta danza, asidos de las manos se alternaban un hombre y una
mujer, cantando y culebreando, haciendo pasos sobrios al compás
del son y del canto, a un ritmo muy lento y pausado.
XOCOHUETZI, 'Cae fruta' en este mes, se recordaban a los difuntos
mayores, éste mes también se conoce como HUEYMICAILHUITL,
'Gran fiesta de muertos', a los difuntos se les ofrecen frutos,
guisos y los dulces que les gustaban en vida, además
de ropas y herramientas, según su oficio. Esta fiesta
se realizaba en los patios de las casas. |
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TEOTLEHCO,
'Sube el difunto', (coincide con noviembre) en este metztli
`mes' se celebraba en la antigua Anahuac la fiesta dedicada
especialmente a Huitzilopochtli, también conocido como
Mexih, que como difunto guió la migración de los
Mexihtin (aztecas) desde su salida de Aztlan hasta la fundación
de Tenochtitlan donde permaneció enterrado en la Huei
Teocalli, gran casa del Sol, (hoy Templo Mayor) hasta la invasión
española. |
En
el día Cuauhtli, 'águila', de este mes, se adornaban
las casas con carrizos atados de tres en tres con flores, en honor
al difunto Huitzilopochtli: al llegar la noche se hacía una
fiesta en la que todos, comían y los ancianos bebían
meoctli (bebida fermentada), compartiendo estos alimentos con los
difuntos.
En
las ofrendas se colocaban todo tipo de alimentos y productos del
campo que disfrutaba el difunto. No faltaban el sahumador prendido
ni el maíz de los cuatro colores señalando los rumbos:
Amarillo para el oriente, rojo para el poniente, blanco o negro
para el norte y azul para el sur.
TOXCATL 'falta de agua', y una de sus representaciones era un
collar de palomitas de maíz. Este metztli 'mes' estaba
dedicado a las fiestas de Tezcatlipoca y Huitzilopochtli; según
un manuscrito de 1553 que se conserva en el Escorial, y que
cita Gómez Orozco, también en este mes se hacía
una fiesta en memoria de los difuntos: se ofrecían muchas
gallinas, maíz, mantas, vestidos y comida. En cada casa
se hacía gran fiesta, sahumando con incienso las ofrendas
de sus difuntos, y cada año hacían lo mismo. |
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QUECHOLLI
'cuello de hule'. En el quinto día de este mes, dice
Sahagún; se hacía una ceremonia para los muertos
en la guerra, hacían unas saeticas pequeñas
[sic] que ponían sobre las sepulturas de los difuntos,
también ponían un par de tamales dulces. Al
final del día encendían las teas y quemaban
las saetas y las teas y las cenizas y carbón lo enterraban
sobre la sepultura del difunto.
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IZCALLI
'renacimiento'. En este mes, narra Sahagún se celebraba
el Huauhquiltamalqualiztli fiesta en la que se comían
tamales en todas las casas y ofrendaban un tamal sobre cada
una de las tumbas de sus difuntos, para después consumirlos
ellos.
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Graciela Gutiérrez Villavicencio y Javier Córdoba
Camacho.
Bibliografía:
Sahagún
de, Bernardino. Historia de las Cosas de Nueva España.
Editorial Porrúa. México. 1981
Durán,
Diego. Historia de las Indias de Nueva España
e islas de Tierra Firme. Cien de México.
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México. 2002
Stivalet Corral, Tlacatzin. Totonaltzin "Nuestra Sagrada Energía
de Nacimiento. Edición Facsimilar. México. 1997.
García
Alba, Cristina y otros autores.
La celebración de días de muertos en México.
Dirección General de Culturas Populares.
México. 1991.
Gómez
Orozco, Federico.
"Costumbres, enterramientos y diversas formas de proceder de
los indios de la Nueva España", en Tlalocan II, México
núms. 1 y 2, 1945-1946.
(citado en "La celebración de días de muertos
en México" )
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